lunes, 9 de diciembre de 2019

El camino amarillo.


Pasea un hombre pobre sobre hojas amarillas.

Con las manos en los bolsillos y un brillo triste en la mirada. Le hablan de problemas y resbalan en su espalda, le cantan que cantaba bien y no le importa, le cuentan lo que lo ajeno soporta y se ríe en silencio.

Que le hablen a él de pobreza, que de la fortaleza le tiraron. Que le hablen a él de proezas, que le ha puesto nombre a cada grano del fango. Que le hablen a él de amor, que no entiende el significado de “condición” ni le vale un cambio.

Sobre hojas amarillas pasea un hombre pobre. En una escena que sabe bonita, que le suscita que no todos los broches son de oro, ni todas las noches de despedida, ni la vida es sencilla, pero al menos respira y camina sobre un sendero hecho de otoño.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

El capitán.


“¿Dónde está el capitán?” Pregunté y escuché un llanto. “Allí” señaló la tripulación.
Allí estaba el capitán, si así se le podía llamar, con la ropa raída, chillando en el suelo, con el miedo atascado, con el celo abrazado, sin fuego y asquerosamente sucio. Golpeaba las paredes y lloraba con desesperación y desesperanza. Desesperación porque se veía incapaz de aguantar cualquier espera. Desesperanza porque no existía consuelo verde que calmara su arrebato. Lo observé un rato. Se arrastraba sobre la madera agónico, icónico iconoclasta derruido hasta sus cimientos, reducido a excremento, escarmiento mismo de su propio protagonismo.
Yo sabía lo que tenía dentro. Vacío, abismo, seísmo inmisericorde con quien trata de sostenerse, hueco hambriento del contenido que con tanto mimo se guarda, que traga hasta el hambre de su dueño.

Le pateé el hocico tanto que le arrebaté el peso de los hombros.
“Ahora yo estoy al mando” anuncié. “¿Y tú quién eres?”

¿Yo? Yo soy el fondo.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Romperse.


Escuchaba una canción dedicada a la resolución desastrosa de la guerra civil, la bufanda se ataba a mi garganta que tantas palabras se callaba. Mi chaqueta cubría las grietas abiertas y la canción seguía sonando impasible y fue el canal de mi llanto. Yo, que he aguantado golpes de colosos sentía como se me aturdían los brazos, golpeaba las grietas abiertas de mi piel contra el asqueroso suelo de aquel baño. Y las manos seguían sin sentir, se sentían morir en la rigidez por acordarse de la calidez de la suavidad de las caricias, de las caricias, las caricias. 

Qué perspicacia la mía. Como si por ser astuto me fuera a escapar de las consecuencias de las cargas a las que oposito para salvarme.

Como si por alabar la pesadez, ella fuera a tener la misericordia de no aplastarme.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Y, de repente, nos robaron la calma.

Y, de repente, nos robaron la calma. Se nos incitó a la prisa por ser la premisa que permitía nuestra madurez, por ser la condición necesaria para un paria que no se quisiera morir de hambre. Y con la calma se llevaron la profundidad y ya no hay quien tenga tiempo para cavar hondo, para asomarse a los abismos de los miedos, a la linde del recelo, al goce del júbilo que no esté de paso.

Así nos condenaron a la superficie sin preguntar lo que uno vale.

Y por necesidad nos atamos emocionados a las creencias.

Quizás para sentir ilusionados que nuestra identidad no la maneja la supervivencia.

Quizás para olvidarnos de que nos obligaron a ser superficiales.


lunes, 2 de septiembre de 2019

El beso de la muerte.

Augh, mi cabeza retumbaba, latía embotada con un pulso sordo. Pum. Pum. Pum. ¿cuánto había bebido ayer? Tenía que aprender a moderarme. Despegué con dificultad un párpado. ¿?

¿Dónde estaba? No había ningún colchón debajo de mí y mi cara pisaba un adoquín de alguna calle principal de Granada. ¿Qué coño había pasado? Probé a despegar la cara del suelo y traté de incorporarme con dificultad, me toqué la frente durante el proceso y ahí comencé a recordar. Al pasar la mano por el bolsillo me di cuenta de que me había quedado sin cartera.

Me acababan de dejar inconsciente en el suelo de un puñetazo mientras me asfixiaban. Me desperté como quien resucita de un coma y pensé que aquello que me había ocurrido debía de ser muy parecido a morirse. Al día siguiente intenté recordar con esfuerzo lo ocurrido. Me acordaba de la presión sobre mi cuello y el puñetazo, después de eso, nada. Absolutamente nada. Ni una triste despedida a la vida. Rápido, rudo y seco. Así fue como perdí el conocimiento.

Y así es como me imagino a la muerte. Sin mí. Rápida, ruda y seca.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Un hombre o mujer cualquiera.

Soy un hombre. Un hombre o una mujer cualquiera que curó los arañazos que tenía en el corazón otro hombre o mujer cualquiera que cubrió de arañazos la superficie del mío porque otro hombre o mujer cualquiera le arañó el corazón.

Y ahora, remendando, escucho las quejas de ese hombre o mujer cualquiera, que me habla de las garras de su fiera sin saber que mis entrañas se extrañan al  sentir una dentera como esa.


Porque aunque las heridas sean ajenas, las cicatrices son nuestras.

Y si pensamos que lo que nos arañó fue la torpeza y no las fieras,

veremos que un corazón sin la delicadeza de lo impune.

Sabe querer igual... o mejor.

Porque es conocedor de que permanecer inmaculado encarna el peligro de que lo sentido se esfume,

y de que querer es exponerse a ser arañado.

domingo, 11 de agosto de 2019

El cuento: Las flores de los escombros.


En mitad de un jardín las flores se miraron  entre ellas. Algunas se vanagloriaron de su belleza, otras admiraban los colores de los pétalos de enfrente, otras miraban celosas cómo se elevaban los tallos verdes de sus vecinas. Las mejores de aquel jardín conseguían reírse, tras muchos años, de su propia ironía. Reían al sentir que la tierra que las unía era la misma, reían por saber que las humedecía la misma lluvia, reían al conocer que estaban todas unidas por las raíces. Reían porque sabían que allí no había quien no floreciese y sentían ironía en su propia belleza.
Aquel jardín estaba lejos, muy lejos de una árida ruina. Lo suficiente lejos como para que sus raíces no llegaran a aquel lugar, para que la lluvia no golpeara su superficie y para que la tierra seca de allí se sintiera como fea, como ajena y como impropia. Así son los problemas lejanos; por diferentes, inexistentes. Así son los problemas de secano: feos. Y hasta las mejores flores del jardín sacrificarían la verdad por mantener su belleza. Hasta las mejores flores del jardín se cortarían las raíces para no tocar aquello que le pudriría los colores.
Pero no nos equivoquemos, las ruinas no querían de la piedad del jardín, no rezaban para que su humedad les aliviara la sequía, no deseaban que se acercaran aquellas flores. Porque en aquellas ruinas también había vida y, aunque fueran pocas, eran mejores. Las flores que aquí crecían creían en la belleza, pero no les era importante. Porque aquí, lo único valioso era vivir.
En el jardín, las flores más sabias lo sabían. Y, a veces, escuchaban reír a las flores de las ruinas en las noches más frías, y no salían de su asombro porque no entendían como podían reír así.
Y así reían las flores de los escombros. Alto y fuerte. Por ser flores donde vivir era prácticamente un milagro.
Así reían las flores de los escombros. Alto y fuerte. Y, aun sin suerte, hacían temblar a un jardín entero.