martes, 25 de abril de 2023

Love is all, but my heart learn how to kill.

 

“Amor es todo, eso es lo que escuché, pero mi corazón aprendió a matar”, dice cierto cantante sueco en inglés.

Veo como mi amor se escapa entre los dedos de ella y, en la distancia, me siento a ver cómo se derrama agarrándome fuerte a la ansiedad. Ya no sé si es la enfermedad o su apatía, mi falta de valía o de maldad. No sé si es la carencia de pasión lo que me destroza, o el asunto de la contradicción que se reitera tras cada episodio de desapego. ¿Seré yo el estorbo de su ego? ¿La comodidad de la parte mullida de la litera? ¿El hastío de no ser lo nuevo? ¿Su cuento conocido de cabecera?

Me siento el incordio al que la complicidad le pasó de largo,

el hueco en el que acomodarse de madrugá,

garantía de hacerme cargo

de que la falta de ternura es algo que no conviene reclamar.


https://www.youtube.com/watch?v=rvWstzEUTfU&ab_channel=SecretlyJag


martes, 21 de marzo de 2023

Caer inconsciente.

 

Era un domingo y me encajé en el bar. “Los domingos son de las dos Ces” pensé. “Colegas y colgaos”. Y yo no había quedado con nadie. A la tercera cerveza mi mente se deslizó por la rendija de ventilación de aquel tugurio, las ideas desvariaban lúcidamente para colarse en los entresijos de mi miseria. He elegido el posesivo singular con delicadeza: la miseria era mía y era solo una.

Me imaginaba que me miraban ahí, borracho y en silencio, todos los que tuvieron la sensibilidad de volcarme en el pecho un poco de cariño. Me imaginé a todas las amantes con las que alguna vez compartí cama. Todas pasaban en fila y me miraban de arriba abajo. Yo ya no quería sexo. No quería lamer piel alguna que nos abriera las sonrisas. No quería buscar orgasmos que arquearan espalda alguna. No, joder. Yo quería llorar. Quería gritar: “¡Tengo miedo, joder!”

Quería gritar que no duermo, que el tiempo desde que no respiro se cuenta ya en años, que me siento solo y abandonado, que pienso en el suicidio una vez por semana. Quería suplicar que me abrazaran hasta olvidarme de la desgarbada mierda en la que me había convertido, que lo necesitaba, que necesitaba pegarme fuerte a alguien para que la presión de la piel me arrancara el llanto que tenía metío en el esternón. Quería decirles que ya no escribía, ni tocaba, ni sentía, ni leía. Que me había enganchado a mil series para escaparme de una vida que se me antojaba insoportable. Que sólo me sostenía la esperanza fútil de que el aire volviera a llenar mis putos pulmones. Que lo primero que hacía al levantarme, después de tres horas de sueño intermitente, era mirar unas redes sociales que se encargaban de convertir mi cerebro en fosfatina. Que no me gustaba lo que veía en el puto espejo. Que me echaba de menos y que mi identidad se había esfumado, dejando un cuerpo inútil que brega suplicante por un poco de tregua. Eso es lo que ocurre en la enfermedad: uno no es un tipo que lee, que toca, que canta, que baila. Uno es tan solo un deseo inconsumado: el deseo de respirar.

Juro que me las imaginé a todas. Y todas me miraban con la pena de saber que no hay palabra que arregle una enfermedad. Que el pasado no es suficiente para sostener una identidad. Ellas lo sabían, yo lo sabía. Estaba abandonado a una suerte incierta que la única pista que dejaba era el aire del que carecía cada noche.

Quería lanzar la jarra a la puta ventana. Abalanzarme sobre el camarero para que me diera tantas hostias como fueran necesarias para acabar inconsciente durante un par de días.

Ninguna apareció. Todas estaban construyendo una vida. Cuando me tiré en la cama, recé porque la inconsciencia me durara al menos cuatro horas. No ocurrió. Tan sólo balbuceé una frase antes de perder el conocimiento.

“Caer inconsciente no es dormir, pero se le parece lo suficiente.”

martes, 2 de agosto de 2022

Pluralidad.

 

A veces el amor es enfermizamente dañino, como una cama de clavos. Te vuelve astuto, atento, introspectivo, concentrado, te mantiene alerta.

A veces, es como un sofá. Te atrapa, te mulle, te acomoda hasta vender orgulloso la astucia de uno por la calma de sus almohadones.

Otras, es como el suelo. Firme, terrenal, inamovible.


martes, 24 de mayo de 2022

Nadie está a salvo

Nadie está a salvo de su cuerpo, esa extensión que, cual cárcel, nos dota de libertad: la justa para hacer lo que nos vaya permitiendo. 

Nadie está anclado a un recuerdo, ese espacio vacío que se va desvaneciendo en el consumo de alcohol, de drogas, de gente.

Nadie es libre de decidir lo que va sintiendo, ese gerundio en el que uno se envuelve en la adolescencia y con supina torpeza juzga de inmaduro, exagerado, incoherente; como si ser insensible fuese un buen aliciente.

Y aquí estoy yo, preguntándome torpemente si mi cuerpo me permitirá algún momento de nostalgia. Si acaso ese hijo de puta asmático e incapaz me dará la oportunidad de recoger la gracia del exagerado que fui, la inmadurez que me hizo florecer, las incoherencias que me hicieron feliz.

Nadie está a salvo de su cuerpo.

Nadie está anclado a un recuerdo.

Nadie siente si defiende a quienes jalean a su alrededor "vente, no sabes lo que te estás perdiendo"

sábado, 23 de abril de 2022

Hace tiempo

 

Hace tiempo que no tengo tiempo y que me empeño en robármelo con esmero, como si quisiera que me sobrara tanto que su latrocinio lo sintiera como un regalo.

Hace tiempo que no tengo tiempo, que lo gasto en el desgaste que me produce un trabajo bien remunerado que me paga la independencia de mis padres y de mi corazón malogrado.

Hace tiempo que me empeño en el arenoso penar de los que se perdieron, porque al madurar aprendieron, a lo mejor con cierto tino, que quizás ya no hay tiempo para perderse, porque uno lo debe aprovechar sabiamente en sentirse perdido.

domingo, 10 de octubre de 2021

Anclaje y Mosquetón

Uno viaja, aparca en un lugar nuevo. Nuevo: aquel en el que jamás ha puesto un pie. Llega con ropa vieja, con zapatos gastados, con la piel curtida y, mecido en su propio temblor, se da cuenta de una evidencia: no existe referencia alguna de él, puede ser quien le venga en gana. “¿Quién quiero ser?” se pregunta uno como precedente de la siguiente pregunta obligada: “¿Quién soy?” 

Nadie, nada. 

Poco más que un mosquetón que busca el anclaje que le sirva de referencia, que le diga “estás aquí, ahora ya puedes definirte en función de mí”.


miércoles, 11 de agosto de 2021

La aorta

             Tenía una herida rota, justo a la vera de la aorta, lo sabía porque me la notaba cuando latía. Me decía que era justo ahí donde debía conservar las heridas, porque una herida que no se siente cuando uno se late no es herida útil.

Tenía una herida rota, justo ahí, a la vera de la aorta, y me imaginaba que era en ese lugar donde todo el que tuviera sangre conservaba sus heridas. Una herida sucia, costrosa, pestilente, vomitivamente dolorosa que me enrabietaba cuando mi pulso bombeaba. Bum. Bum. Bum.

Me dijeron que quien se calma, se cura, ya no siente la herida, ya no brama de furia al sentirse la cuchillada. Se cura, dicen, aquel que se calma.

O se guarda la pena tan dentro del alma que se queda sin sangre.

Y se calma.

Y se muere.