sábado, 23 de abril de 2022

Hace tiempo

 

Hace tiempo que no tengo tiempo y que me empeño en robármelo con esmero, como si quisiera que me sobrara tanto que su latrocinio lo sintiera como un regalo.

Hace tiempo que no tengo tiempo, que lo gasto en el desgaste que me produce un trabajo bien remunerado que me paga la independencia de mis padres y de mi corazón malogrado.

Hace tiempo que me empeño en el arenoso penar de los que se perdieron, porque al madurar aprendieron, a lo mejor con cierto tino, que quizás ya no hay tiempo para perderse, porque uno lo debe aprovechar sabiamente en sentirse perdido.

domingo, 10 de octubre de 2021

Anclaje y Mosquetón

Uno viaja, aparca en un lugar nuevo. Nuevo: aquel en el que jamás ha puesto un pie. Llega con ropa vieja, con zapatos gastados, con la piel curtida y, mecido en su propio temblor, se da cuenta de una evidencia: no existe referencia alguna de él, puede ser quien le venga en gana. “¿Quién quiero ser?” se pregunta uno como precedente de la siguiente pregunta obligada: “¿Quién soy?” 

Nadie, nada. 

Poco más que un mosquetón que busca el anclaje que le sirva de referencia, que le diga “estás aquí, ahora ya puedes definirte en función de mí”.


miércoles, 11 de agosto de 2021

La aorta

             Tenía una herida rota, justo a la vera de la aorta, lo sabía porque me la notaba cuando latía. Me decía que era justo ahí donde debía conservar las heridas, porque una herida que no se siente cuando uno se late no es herida útil.

Tenía una herida rota, justo ahí, a la vera de la aorta, y me imaginaba que era en ese lugar donde todo el que tuviera sangre conservaba sus heridas. Una herida sucia, costrosa, pestilente, vomitivamente dolorosa que me enrabietaba cuando mi pulso bombeaba. Bum. Bum. Bum.

Me dijeron que quien se calma, se cura, ya no siente la herida, ya no brama de furia al sentirse la cuchillada. Se cura, dicen, aquel que se calma.

O se guarda la pena tan dentro del alma que se queda sin sangre.

Y se calma.

Y se muere.

martes, 18 de mayo de 2021

Tripas

Escuchar la música que hace quince años te revolvió las tripas te pone en perspectiva: ¿sigue siendo uno sensible a que las tripas se le revuelvan o la calma ha robado lo suficiente la atención de uno como para creer que las necesidades de las tripas debían de pasar a un segundo lugar?

Le enfrenta a uno a la pregunta estrella “¿dónde cojones dejé mis tripas?” Se ve entonces obligado a buscarlas en algún punto entre el presente y hace quince años porque se hace evidente que uno, sin tripas, se ha convertido en la mayor mierda que podría imaginar. Sin tripas, sin mirada, sin arrojo, se ha regalado a lo ajeno, se ha despegado de sí mismo.

Tengo que admitir que no sé dónde cojones me perdí, pero sé cuándo: cuando dejé caer mis entrañas.


domingo, 16 de mayo de 2021

Dirección, sentido y movimiento.

 

Qué es la vida de un hombre si escasea de direcciones. Dirección, dícese del empuje que, dentro de la carencia de sentido y de toda profundidad que la existencia posee, incita al hombre a moverse.

Un hombre tiene pulso, no ve su movimiento, en su encuentro se pierde porque en sus adentros se siente en coherente carencia y se diluye en la cadencia de la conformidad.

Un hombre muere en vida al atender a leyes cuyo dictamen le es desconocido. Solo conoce que ese movimiento es lento, lánguido, sin fuerza, no viene de él.

El hombre no se mueve, se siente obligado a moverse.

jueves, 29 de abril de 2021

Dédalo e Ícaro.

 

“Hijo”, le dijo Dédalo a Ícaro, “yo te sacaré de aquí” e hizo del ingenio la cualidad necesaria para la libertad. Así, padre e hijo, escaparon del laberinto de Minos y volaron, no muy alto para que el sol se abstuviera de derretir la cera con la que las alas estaban construidas. No muy bajo, para que la espuma del mar no pudiera hacerlas inservibles.

La historia es conocida: la muerte de un chaval independiente en su deseo. Dependiente en su ingenio.

lunes, 19 de abril de 2021

La voz tomada

 

Cuando atiné a hablar me di cuenta que tenía la voz tomada y pensé que era la expresión más bonita que jamás había escuchado: la voz tomada.

Cuando uno tiene la voz tomada no la ha perdido, no se ha quedado sin voz, por el contrario esta está tomada. Tomada, como si uno la hubiese perdido contra voluntad. Un algo aparentemente ajeno había conseguido a robar algo tan mío como la voz. Entonces caí en la cuenta de que somos constantemente susceptibles de ser atravesados por sensaciones que, en su paso, toman de nosotros lo que consideran que les pertenece.

Yo, por mi parte, dejaba todo a su vista.