sábado, 13 de marzo de 2021

Niñas vestías de agüela.

 

Dicen que el optimismo se cura con la edad, pero no los complejos.

Desde lejos uno se mira como si no fuera uno, como si desde lejos se viera mejor, y en ese vistazo uno se piensa vivo. Se aprende, mirándose uno desde lejos, a vivir con prudencia, a verse con vistazos, a suplirse por el ideal de lo objetivo pa olvidarse de que pa ser objetivo con uno mismo hay que, necesariamente, perder subjetividad, perderse.

Hay que olvidarse, pa sé objetivo, de que hay copia de llaves de piso, niñas vestías de agüela, acento güeno de la tierra, viejas a la fresca. Cabello canoso der sofá a la cama, juventú comíendose las pieles. Flore roja enganchá en er pelito de mi morena, choquito frito en barra de lata. Hay que orvidarse el alma en er trabajito y las ganita en la cama, se olvida uno, queriendo perderse, de la madre de uno, de las tostaítas de manteca, de los colacaito y de las palmas.

Se le hace a uno un bujero en el alma y, por perderse, no se entera.

Se olvida uno de quedarse y por olvidarse uno de uno, uno no se queda.

jueves, 28 de enero de 2021

Fuera el apocalipsis; dentro el caos.

 

Fuera de la habitación estaba el apocalipsis; dentro el caos: ropa arrugada sobre la cama, pañuelos empapados de semen y Dave Brubeck sonando en un portátil cuya lentitud era irritante. Fuera de la habitación el ritmo era acelerado; dentro de ella, demasiado lento. Sabía, dentro de mi habitación, que nadie tocaba mis cosas, que la mierda que había esparcida por el suelo era mía, los calzoncillos en la estantería, las tres tazas de tés sobre la mesa, todo ello llevaba mi nombre. Nadie era responsable de aquello más que yo, pero ni si quiera me inquietaba, era una verdad indubitable de la que me hacía cargo. Fuera caían de bruces los jóvenes en las farmacias, impartían lecciones de autoridad los más recatados académicos y las noticias enfrentadas combatían entre sí para ganarse mi confianza, pues de la confianza de los muchos está hecha la verdad. Los de fuera dicen que la responsabilidad de fuera es mía, dicen que creyendo en lo impropio hago daño a parte importante de lo de fuera, ¡lo impropio! Lo impropio que es lo propio de la contraria opinión, que opina que creyendo en lo impropio (que para la contraria opinión es lo propio) hago daño también a parte importante de lo de fuera. Cada uno tiene su lucha, dicen los apoderados de ambos impropios y dejan de discutir y se dan la mano y se abrazan llenos de culpa (ya sabéis, por hacer daño a parte importante de lo de fuera por creer en lo impropio) diciendo que bueno, son cosas del apocalipsis. Ese es el apocalipsis: la constante confusión interna por la batalla que todo lo impropio tiene con el fin de tener algo de propio.

Dentro, el caos; fuera el apocalipsis.

Dentro el punto, fuera los círculos.

Los de fuera saben de la diatriba y dicen que dentro no hay nada.

Los de dentro dicen que los de fuera les sudan los cojones.

Fuera lo siempre impropio. Dentro Dave Brubeck y sus 40 days.

jueves, 19 de noviembre de 2020

El aire se condensa frente a la boca de una chica abrigada.

             Tienen los árboles corteza con la que separarse, tienen los hombres certezas a las que acostumbrarse, amargura heredada y presencia que suelen perder.

Dicen los globos que se hinchan porque es lo que saben hacer.

Dicen los hombres que viven bajo su propia merced, pero los veo desaparecer con el lánguido paso hacia la muerte antes de llegar a término.

El desvanecimiento les eleva a un estado de inconsciencia sin retorno. Quizás fue el contorno de porno sacado de contexto, el sexo que a todos nos hace perder la cabeza o la necesidad de adquirir certezas con premura para mostrar una identidad.

Los hombres nos comemos entre sí y, en lo que nos comemos, nos perdemos para siempre.

Quizás, a veces, nos salvemos por los instantes en que nos adherimos al presente y respiramos. Y el oxígeno, que nos oxida sin quererlo, nos llena los pulmones, y sentimos el frío que las manos nos corta, y sonreímos con una bufanda robada de una fiesta viendo como el aire se condensa en la boca que uno muere por besar, sabemos también del mar y de la ropa mojada que moja la ropa de uno y vivimos sabiendo lo que cuesta, conociendo lo que se soporta.

 

Y caminamos sabiendo que nos morimos poco a poco

y que eso poco importa.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Esto va de Gorros

 

Me robó mi gorro favorito. Me lo hizo mi tía y era lanudo y caliente. Tenía una banda blanca que cruzaba la tela en horizontal y una bola gris en el cogote. Era la hostia y ella me lo robó. Bueno, seamos justos, yo dejé que me lo robara. Cuando ya no había nada que nos uniera y se preveía el desastre con la llegada del verano, dejé que se lo quedara. Pensaba, por aquel entonces, que cuando se lo pusiera se acordaría de mí, que recordaría cómo la acariciaba, mi mirada tal vez o, quizás, cómo nos movíamos el uno sobre el otro cuando nos quitábamos la ropa. Quería yo, a través del gorro que dejé que me robara, habitar la mente de ella; hubo un tiempo en que pensé que para quien le es insoportable vivir dentro de sí, sentir que se es recordado en forma de ausencia se toma como un consuelo. Kundera llamó inmortalidad a ese tipo de consuelo. Eso quería yo: un consuelo para que el dolor de la inevitable ruptura fuera más llevadero.

Y hoy otra chica me pide un gorro que acostumbro a ponerme sin acordarme más que levemente de quien me lo regaló. Me gusta cómo me queda este, también es gris y mis bucles morenos aparecen por los laterales, pero el otro era más gracioso, como he dicho, tenía una bola en el cogote.

Y ahora, que la inmortalidad se me antoja cobarde, un solo clamor me atruena la mente:

Señora, devuélvame mi puto gorro.

lunes, 19 de octubre de 2020

Crudo

                Cuando uno es excesivamente joven o escribe sobre la intensidad de un presente arrebato su tendencia suele ser pretenciosa. Se dedica a hacer bailar las palabras en una ridícula intentona por provocar que las sensaciones que se consigan derivar de las mismas sean reflejo de lo que se cree que es un profundo sentimiento. Somos ese intento de arrancar, a través de la expresión escrita, las confesiones pomposas que nos descubran, decimos, “de verdad”.

“¡Sabemos lo que somos porque lo escribimos!”

Decimos, como quien solo sabe ser si se dice lo que es.

Decimos, como si sólo quisiéramos ser si somos indescifrables.

Decimos eso, como desdeñando a la sencillez.

 

“¿Cómo me vas a entender? ¡Mira lo complicado de mi condición!”

 

Y así, en esa compleja y laberíntica confesión, ocultamos lo verdadero de nuestro comportamiento:

 

Que no sabemos cómo ser crudos

por eso adornamos nuestros adentros.

jueves, 8 de octubre de 2020

Desacato

 

Soy un mendigo en una habitación. Un sintecho confinado acondicionándose a un ambiente amurallado. Tenía un par de manos que servían a mi corazón. Que combatían en permanente actividad bajo su mandato. Hasta que hicieron su revolución. Se las condenó por desacato, por atender a las consecuencias de su sola condición. Por tocar lo que el corazón pudría, y agarrar aquello que lo mecía en un turbio vaivén.

Entonces, pensó el corazón, ¿Quién soy yo, si no me pongo a su nivel?

lunes, 27 de julio de 2020

La amalgama del perderse


Existe, en el amor, un riesgo que se adhiere a la neblina de los enamorados. Se adviene en sus corazones el deseo aparentemente inviable de unirse, de perderse el uno en el otro y, así, perdiéndose, se dejan de distinguir ellos mismos.

Hay quien cede a ese deseo, quien se entrega de lleno al amor para aceptar gustoso el destino de perderse.

Por eso se entiende la posición de quien, aun admirando lo enamorable, permanece a la vera de quien no ama. Permanece donde sabe que no hay riesgo de desaparecer entre la amalgama de dos que se diluyen. Permanece donde se sabe uno, el inquebrantable uno, altivo de saberse fuertemente adherido a sí. Indisoluble.