lunes, 2 de septiembre de 2019

El beso de la muerte.

Augh, mi cabeza retumbaba, latía embotada con un pulso sordo. Pum. Pum. Pum. ¿cuánto había bebido ayer? Tenía que aprender a moderarme. Despegué con dificultad un párpado. ¿?

¿Dónde estaba? No había ningún colchón debajo de mí y mi cara pisaba un adoquín de alguna calle principal de Granada. ¿Qué coño había pasado? Probé a despegar la cara del suelo y traté de incorporarme con dificultad, me toqué la frente durante el proceso y ahí comencé a recordar. Al pasar la mano por el bolsillo me di cuenta de que me había quedado sin cartera.

Me acababan de dejar inconsciente en el suelo de un puñetazo mientras me asfixiaban. Me desperté como quien resucita de un coma y pensé que aquello que me había ocurrido debía de ser muy parecido a morirse. Al día siguiente intenté recordar con esfuerzo lo ocurrido. Me acordaba de la presión sobre mi cuello y el puñetazo, después de eso, nada. Absolutamente nada. Ni una triste despedida a la vida. Rápido, rudo y seco. Así fue como perdí el conocimiento.

Y así es como me imagino a la muerte. Sin mí. Rápida, ruda y seca.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Un hombre o mujer cualquiera.

Soy un hombre. Un hombre o una mujer cualquiera que curó los arañazos que tenía en el corazón otro hombre o mujer cualquiera que cubrió de arañazos la superficie del mío porque otro hombre o mujer cualquiera le arañó el corazón.

Y ahora, remendando, escucho las quejas de ese hombre o mujer cualquiera, que me habla de las garras de su fiera sin saber que mis entrañas se extrañan al  sentir una dentera como esa.


Porque aunque las heridas sean ajenas, las cicatrices son nuestras.

Y si pensamos que lo que nos arañó fue la torpeza y no las fieras,

veremos que un corazón sin la delicadeza de lo impune.

Sabe querer igual... o mejor.

Porque es conocedor de que permanecer inmaculado encarna el peligro de que lo sentido se esfume,

y de que querer es exponerse a ser arañado.

domingo, 11 de agosto de 2019

El cuento: Las flores de los escombros.


En mitad de un jardín las flores se miraron  entre ellas. Algunas se vanagloriaron de su belleza, otras admiraban los colores de los pétalos de enfrente, otras miraban celosas cómo se elevaban los tallos verdes de sus vecinas. Las mejores de aquel jardín conseguían reírse, tras muchos años, de su propia ironía. Reían al sentir que la tierra que las unía era la misma, reían por saber que las humedecía la misma lluvia, reían al conocer que estaban todas unidas por las raíces. Reían porque sabían que allí no había quien no floreciese y sentían ironía en su propia belleza.
Aquel jardín estaba lejos, muy lejos de una árida ruina. Lo suficiente lejos como para que sus raíces no llegaran a aquel lugar, para que la lluvia no golpeara su superficie y para que la tierra seca de allí se sintiera como fea, como ajena y como impropia. Así son los problemas lejanos; por diferentes, inexistentes. Así son los problemas de secano: feos. Y hasta las mejores flores del jardín sacrificarían la verdad por mantener su belleza. Hasta las mejores flores del jardín se cortarían las raíces para no tocar aquello que le pudriría los colores.
Pero no nos equivoquemos, las ruinas no querían de la piedad del jardín, no rezaban para que su humedad les aliviara la sequía, no deseaban que se acercaran aquellas flores. Porque en aquellas ruinas también había vida y, aunque fueran pocas, eran mejores. Las flores que aquí crecían creían en la belleza, pero no les era importante. Porque aquí, lo único valioso era vivir.
En el jardín, las flores más sabias lo sabían. Y, a veces, escuchaban reír a las flores de las ruinas en las noches más frías, y no salían de su asombro porque no entendían como podían reír así.
Y así reían las flores de los escombros. Alto y fuerte. Por ser flores donde vivir era prácticamente un milagro.
Así reían las flores de los escombros. Alto y fuerte. Y, aun sin suerte, hacían temblar a un jardín entero.

martes, 9 de julio de 2019

Circular.

Había un círculo encerrado en sí mismo que giraba y se vanagloriaba de sí. "¡Mira cómo circulo!" se decía haciendo de su círculo una algarabía de colores pero con la misma forma. Había un círculo que se cerró sin saber si uno se estorba. Y se vanagloria, pero se encorva tras el vitoreo, y prueba el ir a la contra, pero se encierra en el mismo rodeo pareciendo diferente. Y se cree un referente porque la corriente va al revés. Y parece un referente para la corriente que lo ve. Y la corriente quiere ser un referente y sigue lo diferente y entonces lo que era diferente lo deja de ser. Así que el círculo no sabe ya qué hacer, ya no se vitorea porque sabe que no hay camino bueno, que las corrientes son veneno vayas en la dirección que vayas. El círculo se quedó quieto entonces, y ahí está, como un punto brillante de bronce en medio de la oscuridad.

Un punto que es punto y punto, y que respira profundamente y que se siente.

Aunque no sepa donde va.

domingo, 2 de junio de 2019

Poco dinero se gasta uno en droga.

El secreto de la felicidad, dice un doctor en psicología congnitivista, está en el autoconocimiento de nuestro comportamiento. Y vende un efectivo remedio, y te aparta del tedio en un alarde de liderazgo, y te cura con cursos y libros el hartazgo, ¡Y te dan el secreto de la vida real! ¡Porque claro cabellero! ¡Todo lo que usted hacía estaba mal!

Y así se comercia con la necesidad hoy en día.

Como si ser completamente feliz no fuera un síntoma de psicopatía.

martes, 21 de mayo de 2019

Estamos inmersos en Rodas.


Coloso de Rodas, ¿Qué haces tan sólo? ¿Qué tienes bajo tus pies? ¿Qué haces vuelto del revés hacia quien proteges?
Coloso de Rodas, que no se puede tener todo y, si encaras a los herejes, das la espalda a quien más quieres, y tú eres lo que haces, aunque eso no sea lo que uno se merece.
Se mecen los barcos, hartos de tantos vaivenes y de tanta agua brava, y elijes las directrices de su sino, sabiendo que el destino de uno, no es lo que uno se esperaba.
Me pongo a tu merced, Coloso de Rodas, y no te envidio porque sé que un delirio basta para que quieras ponerte en mi piel y poder ver todo aquello a lo que tú das la espalda.
Que entren los navíos a ver lo que tú no puedes.
Que revienten, dolíos, a tu espalda, todo aquello que proteges.

sábado, 27 de abril de 2019

Ojeras.


Había un error agarrado a las entrañas. Abigarrado debajo de la piel ardía como una puñalada. ¿Qué aspecto tenía? Tenía aspecto de ojeras. Ese era exactamente el aspecto que tenía.

Así que me fui, arrastrando mis ojeras, entre un gentío distante. “Idiotas”, pensaba. Y lo pensaba de verdad. Con una verdad hiriente y bilateral, porque la cuchilla de ese pensamiento no tenía un mango más suave que la hoja con la que dañaba. Y así paseaba. Con el gesto torcido sobrepuesto en una cara rocosa. Ajeno a lo cercano y alejándome, me relamí en la distancia y me supe agrio. Pensé en teología y en que Dios no maldecía a los ricos, tampoco lo hacía con los torpes.

Me vi mediocre y arrastré mi argumentario de Simondon por unas calles vacías que no entendían en qué coño pensaba. Unas calles abarrotadas que me enseñaban que su posición era mucho más útil. Unas calles que yo, sin un puto euro en la cartera, no soportaba.

Arrastré mi argumentario de Simondon, mi soberbia de filósofo en prácticas, un par de platos de comida china y mis sinceras ojeras hacia mi portal. Abrí la puerta y, con un par de palillos en la mano, miraba la ventana mientras engullía mis tallarines al curry. Entonces pensé que la cuenta atrás se volvía acercar a cero y que una nueva oleada de esclavitud, si tenía suerte, estaba a punto de comenzar. Y algo de pena me pudrió el corazón por recordar aquella evidencia que me financió. Por obligación me forzaban a ser torpe, porque se me ocurrió que el dinero no daba la felicidad, pero podía comprar inteligencia.