Soy un hombre. Un hombre o una mujer cualquiera que curó los arañazos que tenía en el corazón otro hombre o mujer cualquiera que cubrió de arañazos la superficie del mío porque otro hombre o mujer cualquiera le arañó el corazón.
Y ahora, remendando, escucho las quejas de ese hombre o mujer cualquiera, que me habla de las garras de su fiera sin saber que mis entrañas se extrañan al sentir una dentera como esa.
Porque aunque las heridas sean ajenas, las cicatrices son nuestras.
Y si pensamos que lo que nos arañó fue la torpeza y no las fieras,
veremos que un corazón sin la delicadeza de lo impune.
Sabe querer igual... o mejor.
Porque es conocedor de que permanecer inmaculado encarna el peligro de que lo sentido se esfume,
y de que querer es exponerse a ser arañado.
miércoles, 21 de agosto de 2019
domingo, 11 de agosto de 2019
El cuento: Las flores de los escombros.
En
mitad de un jardín las flores se miraron
entre ellas. Algunas se vanagloriaron de su belleza, otras admiraban los
colores de los pétalos de enfrente, otras miraban celosas cómo se elevaban los
tallos verdes de sus vecinas. Las mejores de aquel jardín conseguían reírse,
tras muchos años, de su propia ironía. Reían al sentir que la tierra que las
unía era la misma, reían por saber que las humedecía la misma lluvia, reían al conocer
que estaban todas unidas por las raíces. Reían porque sabían que allí no había
quien no floreciese y sentían ironía en su propia belleza.
Aquel
jardín estaba lejos, muy lejos de una árida ruina. Lo suficiente lejos como
para que sus raíces no llegaran a aquel lugar, para que la lluvia no golpeara
su superficie y para que la tierra seca de allí se sintiera como fea, como
ajena y como impropia. Así son los problemas lejanos; por diferentes,
inexistentes. Así son los problemas de secano: feos. Y hasta las mejores flores
del jardín sacrificarían la verdad por mantener su belleza. Hasta las mejores
flores del jardín se cortarían las raíces para no tocar aquello que le pudriría
los colores.
Pero
no nos equivoquemos, las ruinas no querían de la piedad del jardín, no rezaban
para que su humedad les aliviara la sequía, no deseaban que se acercaran
aquellas flores. Porque en aquellas ruinas también había vida y, aunque fueran
pocas, eran mejores. Las flores que aquí crecían creían en la belleza, pero no
les era importante. Porque aquí, lo único valioso era vivir.
En
el jardín, las flores más sabias lo sabían. Y, a veces, escuchaban reír a las
flores de las ruinas en las noches más frías, y no salían de su asombro porque no entendían como podían reír así.
Y
así reían las flores de los escombros. Alto y fuerte. Por ser flores donde
vivir era prácticamente un milagro.
Así
reían las flores de los escombros. Alto y fuerte. Y, aun sin suerte, hacían temblar a
un jardín entero.
martes, 9 de julio de 2019
Circular.
Había un círculo encerrado en sí mismo que giraba y se vanagloriaba de sí. "¡Mira cómo circulo!" se decía haciendo de su círculo una algarabía de colores pero con la misma forma. Había un círculo que se cerró sin saber si uno se estorba. Y se vanagloria, pero se encorva tras el vitoreo, y prueba el ir a la contra, pero se encierra en el mismo rodeo pareciendo diferente. Y se cree un referente porque la corriente va al revés. Y parece un referente para la corriente que lo ve. Y la corriente quiere ser un referente y sigue lo diferente y entonces lo que era diferente lo deja de ser. Así que el círculo no sabe ya qué hacer, ya no se vitorea porque sabe que no hay camino bueno, que las corrientes son veneno vayas en la dirección que vayas. El círculo se quedó quieto entonces, y ahí está, como un punto brillante de bronce en medio de la oscuridad.
Un punto que es punto y punto, y que respira profundamente y que se siente.
Aunque no sepa donde va.
Un punto que es punto y punto, y que respira profundamente y que se siente.
Aunque no sepa donde va.
domingo, 2 de junio de 2019
Poco dinero se gasta uno en droga.
El secreto de la felicidad, dice un doctor en psicología congnitivista, está en el autoconocimiento de nuestro comportamiento. Y vende un efectivo remedio, y te aparta del tedio en un alarde de liderazgo, y te cura con cursos y libros el hartazgo, ¡Y te dan el secreto de la vida real! ¡Porque claro cabellero! ¡Todo lo que usted hacía estaba mal!
Y así se comercia con la necesidad hoy en día.
Como si ser completamente feliz no fuera un síntoma de psicopatía.
Y así se comercia con la necesidad hoy en día.
Como si ser completamente feliz no fuera un síntoma de psicopatía.
martes, 21 de mayo de 2019
Estamos inmersos en Rodas.
Coloso de Rodas, ¿Qué
haces tan sólo? ¿Qué tienes bajo tus pies? ¿Qué haces vuelto del revés hacia
quien proteges?
Coloso de Rodas, que no
se puede tener todo y, si encaras a los herejes, das la espalda a quien más
quieres, y tú eres lo que haces, aunque eso no sea lo que uno se merece.
Se mecen los barcos, hartos
de tantos vaivenes y de tanta agua brava, y elijes las directrices de su sino,
sabiendo que el destino de uno, no es lo que uno se esperaba.
Me pongo a tu merced, Coloso
de Rodas, y no te envidio porque sé que un delirio basta para que quieras ponerte
en mi piel y poder ver todo aquello a lo que tú das la espalda.
Que entren los navíos a
ver lo que tú no puedes.
Que revienten, dolíos,
a tu espalda, todo aquello que proteges.
sábado, 27 de abril de 2019
Ojeras.
Había un error agarrado
a las entrañas. Abigarrado debajo de la piel ardía como una puñalada. ¿Qué
aspecto tenía? Tenía aspecto de ojeras. Ese era exactamente el aspecto que
tenía.
Así que me fui,
arrastrando mis ojeras, entre un gentío distante. “Idiotas”, pensaba. Y lo
pensaba de verdad. Con una verdad hiriente y bilateral, porque la cuchilla de
ese pensamiento no tenía un mango más suave que la hoja con la que dañaba. Y
así paseaba. Con el gesto torcido sobrepuesto en una cara rocosa. Ajeno a lo
cercano y alejándome, me relamí en la distancia y me supe agrio. Pensé en
teología y en que Dios no maldecía a los ricos, tampoco lo hacía con los
torpes.
Me vi mediocre y
arrastré mi argumentario de Simondon por unas calles vacías que no entendían en
qué coño pensaba. Unas calles abarrotadas que me enseñaban que su posición era
mucho más útil. Unas calles que yo, sin un puto euro en la cartera, no
soportaba.
Arrastré mi
argumentario de Simondon, mi soberbia de filósofo en prácticas, un par de
platos de comida china y mis sinceras ojeras hacia mi portal. Abrí la puerta y,
con un par de palillos en la mano, miraba la ventana mientras engullía mis tallarines
al curry. Entonces pensé que la cuenta atrás se volvía acercar a cero y que una
nueva oleada de esclavitud, si tenía suerte, estaba a punto de comenzar. Y algo
de pena me pudrió el corazón por recordar aquella evidencia que me financió.
Por obligación me forzaban a ser torpe, porque se me ocurrió que el dinero no daba la
felicidad, pero podía comprar inteligencia.
miércoles, 24 de abril de 2019
Algo de Ontología.
Nietzsche
volvió a plantear una pregunta clave, reiterada a lo largo de siglos de
filosofía. La pregunta del eterno retorno. Más que una tesis real,
epistemológica, fue una posición ética, un cara a cara con la misma existencia,
la única de la que, por vivir en primera persona, tenemos pruebas. Se ha de
tender al deseo de vivir la vida del mismo modo en que se vivió y se está
viviendo, pues así se repetirá de manera eterna. Cualquier joven con un atisbo
de vitalidad en sus venas estaría deseoso de abrazar una doctrina como tal a
fin de escapar del dañino victimismo al que las sociedades más enfermas se
someten.
He
aquí mi reinterpretación del eterno retorno. No el nuestro, que ojalá se dé y
habré de responder “¡Eres un dios y nunca
he oído algo más divino!”. Sino el de los afectos.
El
afecto que me acontece escapa a mi pertenencia, vivió en mentes ajenas tiempos
atrás y se repetirá de manera eterna en el momento en que yo lo haya olvidado,
se seguirá repitiendo de manera eterna en el momento en que yo no sirva ya como
catalizador. La afección es la protagonista infinita, atiéndase a esta palabra,
infinita, del universo del eterno retorno. Viviendo, quizás, en el mundo de lo
molar de Deleuze y dejándome a mí, mero catalizador, dichoso quizás si supe
agarrar con vitalidad el afecto que me acontecía, dejándome a mí, repito, con
el reto de permanecer abierto. Abierto a que el Eterno Retorno de la afección
no deje de penetrar en mí.
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