jueves, 28 de febrero de 2019

Maceración.

Dijimos que lo mundano era banal, que lo sano era lo divino e insistimos en creer en Dios, que aquello que nos movía los intestinos era pasto de la casta más rastrera.
Así nos coronamos, reina mía, como soberanos de una ética baldía que desconocía todo lo que no sujetamos.
Pero ya se veía de qué pie cojeaban nuestras firmes manos. Ya se anticipaba la distancia que nos acercaba al culto Cyrano. ¡Y universitarios todos! ¡Y deconstrucción descubría! ¡Y libros de difícil comprensión! ¡Y qué bien que ni el aire comprenda la palabra mía! ¡Qué inteligencia la mía! ¡Cubierta de una suerte de sabiduría a la que no alcanza nadie!
¡Hoy me ha mirado un chico de extraña manera vida mía! ¿¡Cómo se atreve siquiera a mirarme!?

Y el chico, en su casa, pensó.

*Así miré a aquel crío tan soberbio, con aquella indulgencia tan huesuda, de carrera cojonuda, Doctor por la Universidad más prestigiosa.

Y vi que apenas conocía alguna maldita cosa.

Vi que en el alma, le faltaban arrugas.

martes, 29 de enero de 2019

Amor a Federico. Amor a Francisco.


Hay una escultura de bronce de un tal Federico entre dos carreteras del viejo reino Nazarí. Dicen los lugareños que es un homenaje, un homenaje a un literato admirado por su pueblo. Un pueblo que conmemora y reza, año tras año, en la Capilla del Sagrario, por la muerte de su asesino.

lunes, 21 de enero de 2019

La escalera


La guitarra se acomodaba en el molde de su estuche y yo me dedicaba a pensar: ¿qué clase de mundo hemos creado? Un mundo donde el creador mediocre se frustra en lugar de alzarse, donde el intelecto es usado como distracción, como una excusa más para distanciarse del resto. Y es que aquí las escaleras no se usan para llegar a al techo, sino para alejarse del suelo. Y cuando estamos arriba gritamos “¡eh! ¡Mira! ¡Mira lo lejos que he llegado! ¡Mira lo lejos que me he puesto!”

“¿De dónde?” preguntaría alguien inteligente.

“De la gente” respondería alguien honesto.

lunes, 14 de enero de 2019

Federico N.

Bigotudo presidente del nihilismo, fuerte, tu fortaleza depende de una completa falta de empatía. Pende sobre los que enseñaste, pero creaste más charlatanes que creadores, creaste más ilusión que dolores, creaste más excusas que valores.

Y ahora se pierden los matices de tu canción,
y ahora, como tú bien dices, ni existe tu alma.

Pero sí que existo yo.

Y he de reconocer que algo me has enseñando.

domingo, 13 de enero de 2019

Hielo.

No os lo negaré, había una mujer, con sus curvas y la curvatura de la línea que la alejaba de mi figura. Figura... decía ella. Y yo pensaba en lo que me gusta a mí un halago. Un halago que halagaba pero no era nada, nada más que eso, un halago, disuelto en la cercanía. Que el frío había llegado a través de la abundancia, del exceso, del sinfreno de los besos, ese frío que aprieta las lágrimas contra un muro, ese frío que mantiene la congestión.
que aturde las manos y aunque asienta a la cabeza,
resiente el corazón.
Un corazón frío.

viernes, 4 de enero de 2019

A veces me pongo intenso.

A veces me pongo intenso y se me olvida escribir sobre margaritas, sobre orquídeas y flores en general, de esas que tienen pétalos suaves. Y es que, a veces, derivo por lo divino, por lo que pretende el destino, por lo elegido que corresponde al pasado, por el presente mantenido pero no deseado y, de tanto derivar, termino amargado, ¡Amargado yo! Agarrando yo una cualidad que, por entera, pertenece a un solo sentido. Y se me olvida escribir sobre la forma de mierdecita acolchada que describía una nube, sobre un pecho suelto que me hundió las palabrejas y me sacó una sonrisa, sobre una ventanuca empañada que me da los buenos días y los colores se me suben.

A cualquier cosa le llaman poeta. Poetas sin llama que escriben sobre cualquier cosa. Cosas que se quedan llanas bajo sus descripciones.

Porque ya no quedan poetas que escriban sobre flores.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Las admiradas cualidades del silicio.


“Yo no me enamoro” le dijo a una amada enamorada de sus ojos, unos ojos que, de soslayo, observaban los de ella, que admiraban la impasividad de todas las pulsiones que no fueran sexuales, una admiración que arropaba lo racional por parecer asemejarse a la inteligencia.

Pedro recordaba aquello como sucedido hará milenios, tan sólo habían pasado un puñado de años, los suficientes para notarse algún que otro surco en las comisuras de los ojos y dejar que se tiñeran de blanco unos pocos cabellos de su cabeza. Se encontró de bruces con una situación similar y de similar manera actuó.

“Yo no me enamoro” le dijo a su amada, y a su amada se le rompió el amor en ese instante. Pedro descubrió los párpados hasta las cejas y, contemplando su espalda enfadada y el contorneo de su desengaño, la admiró. Y se sintió el rey idiota que orgulloso exhibía una corona hecha de mierda.

¿Porque qué clase de idiota se esfuerza por asemejarse a una piedra?