sábado, 13 de enero de 2018

Era de contradicción.

Dijeron que habíamos de permanecer en el camino, que salirse era perderse y perderse significaba no tener la posibilidad de volver a la seguridad de las vías. Todos escogieron caminos, todos supieron que hacer con sus pies, sus tobillos parecían ir acordes al chirriante sonido unas neuronas seguras, decisas, altivas. La duda no incurría en tropiezo alguno ni parecía que las piedras incomodaran a los caminantes, si es que acaso había piedras en aquellos elegidos caminos y atrás nos quedamos los ajenos al groso de “todos”.
Nosotros somos los perdidos, los que escogimos escaparnos del camino y no terminamos de encontrar uno que sea honesto, los que vagan por el bosque y solo distinguen un asqueroso baile de sombras, los que ven el camino pero de lejos y envidian la seguridad de aquellos caminantes que, ignorantes, caminan con seguridad sobre hipocresía.
Esos somos nosotros. Los inseguros por honestos que prestos escapan de la mentira en acto y del contacto del alardeo responsable. Esos somos nosotros, los que conservan la ética de la prematura juventud habiendo crecido y que solo les deja ser testigos sin participación plena.

Esa es la situación de los perdidos, heridos por mantener la moral en la era de la contradicción.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Treinta kilómetros.

Con una soberbia deplorable decidimos que los hijos nos hacían esclavos y que la soledad era la libertad, que era idiota aquel que decidía permanecer en el lugar donde vino al mundo para crear, de la nada, pureza.
Nos equivocamos, nos equivocamos porque el contexto nos confundió. Siempre pensamos que éramos nosotros los que provocábamos la situación idónea en función de nuestros deseos. Somos idiotas. Por el contrario, era la misma situación, el mismo contexto el que modificaba nuestro comportamiento y maleaba nuestra psique a fin de que se amoldara a su figura.
Y ese contexto, esa situación, todo aquello que queda fuera de nuestra decisión, todo aquello es lo que modifica nuestras decisiones para que encajemos en el mundo.
Digamos que el contexto es un ente vivo, un monstruo biológico en el que estamos inmersos y que nosotros, dentro de él, no somos más que componentes modificables para su supervivencia. Lo que me hace pensar que mis ansias de viajar y mi desapego al compromiso amoroso no es más que una derivación a posteriori de un contexto económico desfavorable. Un contexto que me obligaba de pleno a desechar la posibilidad de desarrollar una vida estable dentro del país en el que nací, por eso lo deseché, por eso creí que no me gustaba.
Fue la falta de economía la que me convirtió en viajero, que no se nos llene la boca repartiendo lecciones por haber contemplado mayor diversidad de paisajes.

Puesto que, entre esos paisajes, conocí a quien rebosaba felicidad sin si quiera haberse alejado treinta kilómetros del lugar donde nació.

lunes, 20 de noviembre de 2017

La insoportable levedad del ser.

El crío creció antes de lo que él esperaba y, sin embargo, poco había cambiado. Lo aprendido en el camino parecía enseñarle que el punto medio era lo más sensato, aunque allí no ocurriera nada, absolutamente nada.

Al comienzo, fue el afán de observar lo que le impedía tomar alguna dirección. Observaba, observaba como si en la naturaleza del comportamiento ajeno estuvieran las claves del entendimiento de su propio hilo vital. Pero lo que sacó en claro de aquellas observaciones no fue más que notas desordenadas de un análisis de sus coetáneos y eso poco le ayudaba en su contienda decisiva.

Fue quizás cuando probó la miel de los extremos cuando, aterrorizado, se quedó en el medio, en postura fetal, sin saber hacia donde ir.

La libertad extrema sonaba tan bien en la adolescencia, la absoluta ligereza del alma, el viento en su carrera y el egoísmo supremo sonaba a felicidad. Pero quien se acerca a ese extremo se aleja de la pesadez y, por tanto, de la trascendencia, de la importancia adherida a los hechos que hacen de una vida una obra de arte y se acerca, de una manera terroríficamente peligrosa, a la insoportable levedad del ser.

En el otro extremo estaba lo pesado, la carga sobre los hombros, la decisión determinante que incomoda al alma de una manera orgullosa y altiva, la sublimación, la fortaleza y la valentía de enfrentarse al camino con más piedras. Ahí había trascendencia, tomar esa decisión significaba besar a la importancia, crear a partir de carencias y hacerle justicia a la existencia. Pero hacerlo significaba lidiar con la continua competencia y alejarse del viento.

Así que ahí estaba el crío, en el puto punto medio, no por prudencia, sino por indecisión de su extremo favorito.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Viviendo la ficción

Nos cegó la obsesión por la ficción, la fijación por lo ficticio se usó para olvidar lo que estaba al alcance de la mano, gracias a este olvido, la mano no se acordaba ya de lo que debía de alcanzar. Lo que en un primer momento era alcanzable se cubrió de una niebla densa que emergía de historias que las películas y las series nos contaron y que nos dieron una mentira a la que nos presentamos como aspirantes. Como si aquello fuera cierto, como si aquello le hubiera ocurrido a alguien.

Y la verdad sigue ahí fuera, aunque ya no hay quien la vea.

Y la verdad sigue ahí fuera, pero ya no hay quien la crea.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Corazón blando.

Hay gente que tiene el corazón blandito, suave y mullido, como una buena almohada y no importa el tipo de trabajo que desarrolle, el nivel de estudios que se tenga o la familia que lo haya criado. No importa el número de corazones que rompió ni cuán rota esté su figura, no importa como le azote la vida, ni la amargura de las noches más ácidas. No importan los golpes en las sienes de diez borrachos ni los enfrentamientos sin importancia, ni siquiera la culpabilidad que deviene de la dureza. Ni las promesas rotas, ni los sentimientos de reciente cambio.

Hay gente que tiene el corazón blandito y, a pesar de todo, lo siguen conservando.

viernes, 1 de septiembre de 2017

La seda es impredecible.

Mirando entre mis pies, con la cabeza incrustada en la mesa y con la cara arrugada, en la mueca más triste que puede tener la cara de un hombre, me desesperaba. No pensaba, me resquebrajé.

Y ahora, con la calma silente que da el tiempo, con los brazos tras mi nuca y los ojos clavados a martillazos en la atmósfera, me pregunto: ¿En qué momento se jodió todo?

Las ilusiones se convirtieron en delirios de grandeza, los sueños en una actitud inmadura y el amor en desventuras. Y ante esa horrible evidencia solo queda encogerse de hombros y seguir escribiendo, encogerse de hombros y seguir sintiendo, aunque seguir perdiendo sea lo que eso signifique.


Pero la suerte la cosen manos hechas de seda.

Y hacer lo que nos nace, es lo único que nos queda.

sábado, 26 de agosto de 2017

La canción

Si ves a alguien que me quiso
dile que no me fue mal en la vida
que trato de no perder el juicio
y que me sigue gustando la bebida,
que estoy en un puto punto medio.


Y dale un beso en la mejilla.