sábado, 25 de julio de 2020

No hay eternidades


Vamos acabar todos viejos y arrugados. 

La pretensión y la evidencia toman la misma forma en la palabra y yo hago hincapié en la evidencia cuya pretensión quiere ir a la contra. Cremas antiarrugas nos chivan lo lícito de la belleza, que la juventud no ha de ser una etapa, sino la eternidad a la que hemos de aspirar, que los que vean la evidencia se pongan una cremallera en la boca.

Que no tenemos por qué acabar viejos y arrugados, nos dicen, pero todos tenemos padres.

Que el mundo es de los jóvenes, los demás están añadidos a él y si tu deseo es no sobrar, más te vale alargarte la juventud. Mucho, hasta convertirte en lo colindante a una caricatura. Hasta convertirte en Peter Pan. Hasta avergonzarte de tus arrugas.

Queremos asir con fuerza la niebla y nos venden su asidero en subasta.

Esclavos del deseo de incumplir con lo inevitable, vertemos nuestra vejez en la añoranza.

miércoles, 24 de junio de 2020

Palabrado


Hablaba un profesor universitario sobre la flexibilidad de las palabras, sobre esa capacidad suya de asir una idea para que ella, la palabra, hiciera a su palabrado (dícese de aquel individuo que una palabra posee) dueño de un pensamiento.

Y he aquí todo un universo literario.

miércoles, 17 de junio de 2020

Gary Moore. Disertación sobre el espectáculo.


Me imagino que Gary Moore tampoco pensó mucho sobre la historia del blues cuando agarró por el mástil su primera stratocaster. La agarró y estiró de la prima como si lo único importante de la música fuera la música misma. No falló. Acertó de pleno en sus intuiciones y, con la mejora del que se parte los dedos en el diapasón a golpe de metrónomo, se convirtió en lo que hoy recordamos que es.

Yo tampoco me lo he pensado mucho en mi vida. No investigué la historia de los viajes cuando me encajé sin un maldito euro en la isla esmeralda dispuesto a fregar las pilas de platos que me pusieran delante. Tampoco quise leer al arcipreste de hita, por más que alguna profesora idiota (idiota, del griego idiotes, que significa que no se ocupa de la vida pública, centrado únicamente en el ámbito privado) de literatura en bachillerato se empeñara. Pero no, esos relatos me eran, no sólo indiferentes, sino tediosos. ¿Qué cojones tenía que ver aquello con mi empalmaera de media mañana? Yo quería besar y decir “¡Claro que no sé de amor joder! ¡Estoy aprendiendo!” Pero desde dentro.

Si la sola memoria es ya conocimiento, que aparten de mí esa bazofia bajo la que se postra el ser humano. Que se sollen sus rodillas en tal reverencia, que a mí si no me atraviesa la cuestión o el concepto, no habrá memoria mía que lo quiera atrapar.

Pero aquí no hay reverencia al afecto, sino al espectáculo, porque del espectáculo saldrá el reconocimiento y, con suerte, el éxito. Hablo de espectáculo sin atender a la buena o mala habilidad. Ese gusto por el espectáculo no deviene de un gusto por la cuestión, sino por el reconocimiento que se tendrá de la misma.

Pues ahí os pudráis con vuestro reconocido reconocimiento inmerecido, con vuestra maldita soberbia altiva de poeta malparido sin alma. Con vuestro espectáculo jodido nacido para joder (Joder, del castellano antiguo “hoder” y este del latín “Futuere”, que significa “penetrar sexualmente”). Que si yo jodo, que sea por sentir.

Que el ego rebosa por los poros y me pregunto quién cojones ha pedido la maldita opinión de quién, cigarro en mano, alimenta la devoción suya sobre una posición reconocida. El periodista de tres al cuarto que enarbola la cultura. Soberbio personaje carente de piel con la que herirse que se erige como maestro de palabrejas complejas para joder (recuerden, del latín, Futurere, “penetrar sexualmente”).

He aquí la soberbia de nuestra época, sembrada con la subliminalidad de “di algo inteligente”, regada con el segundo plano de “leeré algo, pareceré inteligente”. Y no entendieron una maldita palabra de cuantas hubieron leído. Sus bibliotecas llenas y sus pieles insensibles, carentes, como he dicho, de la cualidad de herirse.

Pienso en tan amplias bibliotecas ahora, en libros de tapa dura comprados con dinero de papá, el dinero compra la inteligencia, de eso no hay duda alguna, pero no la sensibilidad. Pensando en aquellas bibliotecas de aquellos participantes del espectáculo me viene a la mente una frase que en alguna libreta escribí: “Que alguien tenga libros no quiere decir que los haya leído; que alguien haya leído un libro no significa que lo haya entendido; que alguien entienda un libro no quiere decir, necesariamente, que sepa algo de valor”.

Y vuelve a mi cabeza Gary Moore (será que últimamente el blues me atraviesa con justeza) y la imagen imaginada de esa prima de hierro estirándose hasta mitad del diapasón por vez primera.

Hay un vibrato vibrando a compás que no capta quien tiene la piel hecha para el espectáculo.

Hay un vibrato vibrando que vibra en el pecho de quien manda el reconocimiento al cuerno y atraviesa por saber dejarse atravesar la piel.

martes, 2 de junio de 2020

El vestido de la nuda vida.


¿Quién construyó una vida sobre este cuerpo asmático? ¿Quién se empeñó en otorgarle coraje? ¿Quién tuvo la gallardía de agarrar su enclenquidad con firmeza y, como quien la olvida, erigir deseos? ¿Quién pareció adolecer de la más hiriente ceguera e hizo pasión sobre la debilidad de esa vida desnuda?

Ese soy yo, sí señor, aquel que careció de alternativa.

Aquel que se ocupa de que mi nuda vida se olvide de su debilidad.

Y así, dándose por muerta, olvidándose de su existencia, dejándose en mis manos, vive la vida desnuda arropada por mi piel.

martes, 26 de mayo de 2020

A tú teléfono le quedaría de puta madre mi número.


No tenía entre mis manos nada que probara lo indicados que éramos el uno para el otro. Nada que dijera si quiera que éramos carne de química. Si la esperanza hubiese esperado, lo hubiera hecho adherida a la carencia por antonomasia.

Y, aun así, la seguía queriendo ver.
Algo dentro de mí decía que las miradas no mienten.
Y que me moría por que me mirara exactamente igual que la primera vez.

Las posibilidades nacen del atrevimiento ante lo carente.
Y la comedia, de ver a las grandes posibilidades caer.

En un bar garrapatero de Graná se muere un recuerdo lentamente.
Y, también, con él, todas y cada una de las cosas que nunca van a ser.

domingo, 26 de abril de 2020

De dentro a fuera


En los retazos de mi cerebro había un crío que sabía cómo mirar. Un crío que conocía los secretos de estar completo y que, de momento, se comenzó a llenar de carencias, a conocer la ciencia de avergonzarse, de callarse lo que sin esfuerzo conocía, a ser menos mirada que influencia. Comenzó a cantarse las cuarenta y, con él, cuarenta más le coreaban, se mermó en una marmita cocida a fuego lento y él, que era puro cimiento, se creyó incapaz. Creyó lo que quiera que fuera que se decía que era veraz y se tapó los argumentos. Ocultó sus adentros, escuchó por vergüenza y, casi sin querer, aprendió a mirar con los ojos de otro.

Y ahora el crío me mira con esa mirada primera, sabiendo dejar de ser cualquiera.

Y yo lo miro a él y pienso “eh, yo a ese crío sí lo conozco”

viernes, 6 de marzo de 2020

La libertad vacía.


Se cierne la tormenta sobre occidente, el peso de las nubes sube y se siente la presión, la preocupación constante y el reto de enfrentarse al vacío día tras día.

La ansiedad y la depresión, las drogas que nos mantienen en comunión, que nos alivia un corazón que es áspero desde que se le exigió de todo menos silencio. Y la música se vende a la utilidad y cuando se compran las ganas, estas se convierten en obligación pero, se dice, tenemos el don de la libertad.

Y yo te la daría toda a cambio de que se me limpiase el corazón.

Yo te la daría toda a cambio de la rebelión del conocimiento que nos destroce:

Que dios ha muerto y, con él, también todos los dioses.