El secreto de la felicidad, dice un doctor en psicología congnitivista, está en el autoconocimiento de nuestro comportamiento. Y vende un efectivo remedio, y te aparta del tedio en un alarde de liderazgo, y te cura con cursos y libros el hartazgo, ¡Y te dan el secreto de la vida real! ¡Porque claro cabellero! ¡Todo lo que usted hacía estaba mal!
Y así se comercia con la necesidad hoy en día.
Como si ser completamente feliz no fuera un síntoma de psicopatía.
domingo, 2 de junio de 2019
martes, 21 de mayo de 2019
Estamos inmersos en Rodas.
Coloso de Rodas, ¿Qué
haces tan sólo? ¿Qué tienes bajo tus pies? ¿Qué haces vuelto del revés hacia
quien proteges?
Coloso de Rodas, que no
se puede tener todo y, si encaras a los herejes, das la espalda a quien más
quieres, y tú eres lo que haces, aunque eso no sea lo que uno se merece.
Se mecen los barcos, hartos
de tantos vaivenes y de tanta agua brava, y elijes las directrices de su sino,
sabiendo que el destino de uno, no es lo que uno se esperaba.
Me pongo a tu merced, Coloso
de Rodas, y no te envidio porque sé que un delirio basta para que quieras ponerte
en mi piel y poder ver todo aquello a lo que tú das la espalda.
Que entren los navíos a
ver lo que tú no puedes.
Que revienten, dolíos,
a tu espalda, todo aquello que proteges.
sábado, 27 de abril de 2019
Ojeras.
Había un error agarrado
a las entrañas. Abigarrado debajo de la piel ardía como una puñalada. ¿Qué
aspecto tenía? Tenía aspecto de ojeras. Ese era exactamente el aspecto que
tenía.
Así que me fui,
arrastrando mis ojeras, entre un gentío distante. “Idiotas”, pensaba. Y lo
pensaba de verdad. Con una verdad hiriente y bilateral, porque la cuchilla de
ese pensamiento no tenía un mango más suave que la hoja con la que dañaba. Y
así paseaba. Con el gesto torcido sobrepuesto en una cara rocosa. Ajeno a lo
cercano y alejándome, me relamí en la distancia y me supe agrio. Pensé en
teología y en que Dios no maldecía a los ricos, tampoco lo hacía con los
torpes.
Me vi mediocre y
arrastré mi argumentario de Simondon por unas calles vacías que no entendían en
qué coño pensaba. Unas calles abarrotadas que me enseñaban que su posición era
mucho más útil. Unas calles que yo, sin un puto euro en la cartera, no
soportaba.
Arrastré mi
argumentario de Simondon, mi soberbia de filósofo en prácticas, un par de
platos de comida china y mis sinceras ojeras hacia mi portal. Abrí la puerta y,
con un par de palillos en la mano, miraba la ventana mientras engullía mis tallarines
al curry. Entonces pensé que la cuenta atrás se volvía acercar a cero y que una
nueva oleada de esclavitud, si tenía suerte, estaba a punto de comenzar. Y algo
de pena me pudrió el corazón por recordar aquella evidencia que me financió.
Por obligación me forzaban a ser torpe, porque se me ocurrió que el dinero no daba la
felicidad, pero podía comprar inteligencia.
miércoles, 24 de abril de 2019
Algo de Ontología.
Nietzsche
volvió a plantear una pregunta clave, reiterada a lo largo de siglos de
filosofía. La pregunta del eterno retorno. Más que una tesis real,
epistemológica, fue una posición ética, un cara a cara con la misma existencia,
la única de la que, por vivir en primera persona, tenemos pruebas. Se ha de
tender al deseo de vivir la vida del mismo modo en que se vivió y se está
viviendo, pues así se repetirá de manera eterna. Cualquier joven con un atisbo
de vitalidad en sus venas estaría deseoso de abrazar una doctrina como tal a
fin de escapar del dañino victimismo al que las sociedades más enfermas se
someten.
He
aquí mi reinterpretación del eterno retorno. No el nuestro, que ojalá se dé y
habré de responder “¡Eres un dios y nunca
he oído algo más divino!”. Sino el de los afectos.
El
afecto que me acontece escapa a mi pertenencia, vivió en mentes ajenas tiempos
atrás y se repetirá de manera eterna en el momento en que yo lo haya olvidado,
se seguirá repitiendo de manera eterna en el momento en que yo no sirva ya como
catalizador. La afección es la protagonista infinita, atiéndase a esta palabra,
infinita, del universo del eterno retorno. Viviendo, quizás, en el mundo de lo
molar de Deleuze y dejándome a mí, mero catalizador, dichoso quizás si supe
agarrar con vitalidad el afecto que me acontecía, dejándome a mí, repito, con
el reto de permanecer abierto. Abierto a que el Eterno Retorno de la afección
no deje de penetrar en mí.
domingo, 7 de abril de 2019
Horror vacui
El horror vacui es la sensación de vacío de corte existencial. Fue el
miedo que sentí cuando, de crío, pensaba en la infinidad del cosmos. Cuando me
vi como la mota más insignificante de la inmensidad. La sensación es auténtico
vértigo. Como si el pensamiento de insignificancia te acercara al límite que
separa vida y abismo. Pero el horror
vacui se va ocultando, va desapareciendo entre la sistematicidad humana,
termina siendo una idea infantil que se muere por falta de pragmatismo. Una
niñería sin utilidad.
¿De qué sirve acercarse
a un abismo tan enorme? Preguntaba la sociedad horrorizada al saber de su
existencia. Y se apartan para olvidar el sentimiento de horror por creer que,
olvidada la sensación que produce un abismo tal, tal abismo se allana.
¿De qué sirve acercarse
a un abismo tan enorme?
De nada, respondería
yo.
Como la mayoría de
cosas importantes de la vida.
viernes, 22 de marzo de 2019
Quiso ser viento.
Quiso ser viento, que
la libertad regara sus poros, frescor por exceso de ventanas, luz, naranjas y
sexo. Viento, porque el viento se escurre, porque el viento se escapa, porque
el viento, estando, no sabe donde está. Quiso ser viento, y tanto, tanto lo
quiso, que un día lo fue. Y volaba y tiraba al volatinero de Nietzsche, y
acariciaba el cabello y se reía por la conciencia de la banalidad. Pero hubo un
problema, cuando se levantaba, gozando los vaivenes de su naturaleza, su
ligereza se evidenciaba. Y se supo incapaz de quedarse quieto, incapaz de
escuchar, incompetente no por azar, sino por quererse en la libertad de no
atenerse a la curvatura de la gravedad, ni a presión alguna sobre sus hombros.
Incapaz de atender a la importancia de la rabia, sabia que sabía quebrarse los
huesos. Incapaz de llorar hasta rajarse el alma, incapaz de gritar, de ser
cristal solo para partirse con ganas contra el suelo. Y esto que suena tan
bonito, a él le sonaba a exceso.
Quiso ser viento y
tanto, tanto lo quiso, que lo fue. Y para serlo,
Se quedó sin peso.
jueves, 28 de febrero de 2019
Maceración.
Dijimos que lo mundano era banal, que lo sano era lo divino e insistimos en creer en Dios, que aquello que nos movía los intestinos era pasto de la casta más rastrera.
Así nos coronamos, reina mía, como soberanos de una ética baldía que desconocía todo lo que no sujetamos.
Pero ya se veía de qué pie cojeaban nuestras firmes manos. Ya se anticipaba la distancia que nos acercaba al culto Cyrano. ¡Y universitarios todos! ¡Y deconstrucción descubría! ¡Y libros de difícil comprensión! ¡Y qué bien que ni el aire comprenda la palabra mía! ¡Qué inteligencia la mía! ¡Cubierta de una suerte de sabiduría a la que no alcanza nadie!
¡Hoy me ha mirado un chico de extraña manera vida mía! ¿¡Cómo se atreve siquiera a mirarme!?
Y el chico, en su casa, pensó.
*Así miré a aquel crío tan soberbio, con aquella indulgencia tan huesuda, de carrera cojonuda, Doctor por la Universidad más prestigiosa.
Y vi que apenas conocía alguna maldita cosa.
Vi que en el alma, le faltaban arrugas.
Así nos coronamos, reina mía, como soberanos de una ética baldía que desconocía todo lo que no sujetamos.
Pero ya se veía de qué pie cojeaban nuestras firmes manos. Ya se anticipaba la distancia que nos acercaba al culto Cyrano. ¡Y universitarios todos! ¡Y deconstrucción descubría! ¡Y libros de difícil comprensión! ¡Y qué bien que ni el aire comprenda la palabra mía! ¡Qué inteligencia la mía! ¡Cubierta de una suerte de sabiduría a la que no alcanza nadie!
¡Hoy me ha mirado un chico de extraña manera vida mía! ¿¡Cómo se atreve siquiera a mirarme!?
Y el chico, en su casa, pensó.
*Así miré a aquel crío tan soberbio, con aquella indulgencia tan huesuda, de carrera cojonuda, Doctor por la Universidad más prestigiosa.
Y vi que apenas conocía alguna maldita cosa.
Vi que en el alma, le faltaban arrugas.
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