miércoles, 24 de abril de 2019

Algo de Ontología.


Nietzsche volvió a plantear una pregunta clave, reiterada a lo largo de siglos de filosofía. La pregunta del eterno retorno. Más que una tesis real, epistemológica, fue una posición ética, un cara a cara con la misma existencia, la única de la que, por vivir en primera persona, tenemos pruebas. Se ha de tender al deseo de vivir la vida del mismo modo en que se vivió y se está viviendo, pues así se repetirá de manera eterna. Cualquier joven con un atisbo de vitalidad en sus venas estaría deseoso de abrazar una doctrina como tal a fin de escapar del dañino victimismo al que las sociedades más enfermas se someten.
He aquí mi reinterpretación del eterno retorno. No el nuestro, que ojalá se dé y habré de responder “¡Eres un dios y nunca he oído algo más divino!”. Sino el de los afectos.
El afecto que me acontece escapa a mi pertenencia, vivió en mentes ajenas tiempos atrás y se repetirá de manera eterna en el momento en que yo lo haya olvidado, se seguirá repitiendo de manera eterna en el momento en que yo no sirva ya como catalizador. La afección es la protagonista infinita, atiéndase a esta palabra, infinita, del universo del eterno retorno. Viviendo, quizás, en el mundo de lo molar de Deleuze y dejándome a mí, mero catalizador, dichoso quizás si supe agarrar con vitalidad el afecto que me acontecía, dejándome a mí, repito, con el reto de permanecer abierto. Abierto a que el Eterno Retorno de la afección no deje de penetrar en mí.

domingo, 7 de abril de 2019

Horror vacui


El horror vacui es la sensación de vacío de corte existencial. Fue el miedo que sentí cuando, de crío, pensaba en la infinidad del cosmos. Cuando me vi como la mota más insignificante de la inmensidad. La sensación es auténtico vértigo. Como si el pensamiento de insignificancia te acercara al límite que separa vida y abismo. Pero el horror vacui se va ocultando, va desapareciendo entre la sistematicidad humana, termina siendo una idea infantil que se muere por falta de pragmatismo. Una niñería sin utilidad.
¿De qué sirve acercarse a un abismo tan enorme? Preguntaba la sociedad horrorizada al saber de su existencia. Y se apartan para olvidar el sentimiento de horror por creer que, olvidada la sensación que produce un abismo tal, tal abismo se allana.
¿De qué sirve acercarse a un abismo tan enorme?
De nada, respondería yo.
Como la mayoría de cosas importantes de la vida.

viernes, 22 de marzo de 2019

Quiso ser viento.


Quiso ser viento, que la libertad regara sus poros, frescor por exceso de ventanas, luz, naranjas y sexo. Viento, porque el viento se escurre, porque el viento se escapa, porque el viento, estando, no sabe donde está. Quiso ser viento, y tanto, tanto lo quiso, que un día lo fue. Y volaba y tiraba al volatinero de Nietzsche, y acariciaba el cabello y se reía por la conciencia de la banalidad. Pero hubo un problema, cuando se levantaba, gozando los vaivenes de su naturaleza, su ligereza se evidenciaba. Y se supo incapaz de quedarse quieto, incapaz de escuchar, incompetente no por azar, sino por quererse en la libertad de no atenerse a la curvatura de la gravedad, ni a presión alguna sobre sus hombros. Incapaz de atender a la importancia de la rabia, sabia que sabía quebrarse los huesos. Incapaz de llorar hasta rajarse el alma, incapaz de gritar, de ser cristal solo para partirse con ganas contra el suelo. Y esto que suena tan bonito, a él le sonaba a exceso.

Quiso ser viento y tanto, tanto lo quiso, que lo fue. Y para serlo,

               Se quedó sin peso.

jueves, 28 de febrero de 2019

Maceración.

Dijimos que lo mundano era banal, que lo sano era lo divino e insistimos en creer en Dios, que aquello que nos movía los intestinos era pasto de la casta más rastrera.
Así nos coronamos, reina mía, como soberanos de una ética baldía que desconocía todo lo que no sujetamos.
Pero ya se veía de qué pie cojeaban nuestras firmes manos. Ya se anticipaba la distancia que nos acercaba al culto Cyrano. ¡Y universitarios todos! ¡Y deconstrucción descubría! ¡Y libros de difícil comprensión! ¡Y qué bien que ni el aire comprenda la palabra mía! ¡Qué inteligencia la mía! ¡Cubierta de una suerte de sabiduría a la que no alcanza nadie!
¡Hoy me ha mirado un chico de extraña manera vida mía! ¿¡Cómo se atreve siquiera a mirarme!?

Y el chico, en su casa, pensó.

*Así miré a aquel crío tan soberbio, con aquella indulgencia tan huesuda, de carrera cojonuda, Doctor por la Universidad más prestigiosa.

Y vi que apenas conocía alguna maldita cosa.

Vi que en el alma, le faltaban arrugas.

martes, 29 de enero de 2019

Amor a Federico. Amor a Francisco.


Hay una escultura de bronce de un tal Federico entre dos carreteras del viejo reino Nazarí. Dicen los lugareños que es un homenaje, un homenaje a un literato admirado por su pueblo. Un pueblo que conmemora y reza, año tras año, en la Capilla del Sagrario, por la muerte de su asesino.

lunes, 21 de enero de 2019

La escalera


La guitarra se acomodaba en el molde de su estuche y yo me dedicaba a pensar: ¿qué clase de mundo hemos creado? Un mundo donde el creador mediocre se frustra en lugar de alzarse, donde el intelecto es usado como distracción, como una excusa más para distanciarse del resto. Y es que aquí las escaleras no se usan para llegar a al techo, sino para alejarse del suelo. Y cuando estamos arriba gritamos “¡eh! ¡Mira! ¡Mira lo lejos que he llegado! ¡Mira lo lejos que me he puesto!”

“¿De dónde?” preguntaría alguien inteligente.

“De la gente” respondería alguien honesto.

lunes, 14 de enero de 2019

Federico N.

Bigotudo presidente del nihilismo, fuerte, tu fortaleza depende de una completa falta de empatía. Pende sobre los que enseñaste, pero creaste más charlatanes que creadores, creaste más ilusión que dolores, creaste más excusas que valores.

Y ahora se pierden los matices de tu canción,
y ahora, como tú bien dices, ni existe tu alma.

Pero sí que existo yo.

Y he de reconocer que algo me has enseñando.