No os lo negaré, había una mujer, con sus curvas y la curvatura de la línea que la alejaba de mi figura. Figura... decía ella. Y yo pensaba en lo que me gusta a mí un halago. Un halago que halagaba pero no era nada, nada más que eso, un halago, disuelto en la cercanía. Que el frío había llegado a través de la abundancia, del exceso, del sinfreno de los besos, ese frío que aprieta las lágrimas contra un muro, ese frío que mantiene la congestión.
que aturde las manos y aunque asienta a la cabeza,
resiente el corazón.
Un corazón frío.
domingo, 13 de enero de 2019
viernes, 4 de enero de 2019
A veces me pongo intenso.
A veces me pongo intenso y se me olvida escribir sobre margaritas, sobre orquídeas y flores en general, de esas que tienen pétalos suaves. Y es que, a veces, derivo por lo divino, por lo que pretende el destino, por lo elegido que corresponde al pasado, por el presente mantenido pero no deseado y, de tanto derivar, termino amargado, ¡Amargado yo! Agarrando yo una cualidad que, por entera, pertenece a un solo sentido. Y se me olvida escribir sobre la forma de mierdecita acolchada que describía una nube, sobre un pecho suelto que me hundió las palabrejas y me sacó una sonrisa, sobre una ventanuca empañada que me da los buenos días y los colores se me suben.
A cualquier cosa le llaman poeta. Poetas sin llama que escriben sobre cualquier cosa. Cosas que se quedan llanas bajo sus descripciones.
Porque ya no quedan poetas que escriban sobre flores.
A cualquier cosa le llaman poeta. Poetas sin llama que escriben sobre cualquier cosa. Cosas que se quedan llanas bajo sus descripciones.
Porque ya no quedan poetas que escriban sobre flores.
miércoles, 26 de diciembre de 2018
Las admiradas cualidades del silicio.
“Yo no me enamoro” le
dijo a una amada enamorada de sus ojos, unos ojos que, de soslayo, observaban
los de ella, que admiraban la impasividad de todas las pulsiones que no fueran
sexuales, una admiración que arropaba lo racional por parecer asemejarse a la
inteligencia.
Pedro recordaba aquello
como sucedido hará milenios, tan sólo habían pasado un puñado de años, los
suficientes para notarse algún que otro surco en las comisuras de los ojos y
dejar que se tiñeran de blanco unos pocos cabellos de su cabeza. Se encontró de
bruces con una situación similar y de similar manera actuó.
“Yo no me enamoro” le dijo a su amada, y a su amada se le rompió el amor en ese instante. Pedro descubrió los párpados hasta las cejas y, contemplando su espalda enfadada y el contorneo de su desengaño, la admiró. Y se sintió el rey idiota que orgulloso exhibía una corona hecha de mierda.
¿Porque qué clase de idiota se esfuerza por asemejarse a una piedra?
sábado, 1 de diciembre de 2018
Cadenas
Los esclavos miraban al libre con superioridad porque les hicieron creer que había algo de digno en su servidumbre.
Así pasean los esclavos hoy por la calle, riéndose de quien carece de la dignidad de comprarse cadenas y sin escuchar como se ríen otros timbres.
Sin escuchar como suenan los hombres libres.
Así pasean los esclavos hoy por la calle, riéndose de quien carece de la dignidad de comprarse cadenas y sin escuchar como se ríen otros timbres.
Sin escuchar como suenan los hombres libres.
viernes, 30 de noviembre de 2018
Ellas
Había un acorde menor colgado a la vera de la ventana. Tenía las notas abigarradas al sonarse y a mí me supo a gloria cuando se me deshizo en la piel. "Era rara" pensé sintiendo como los sonidos también aprenden a mimar.
Entonces besé mis manos, justo al final de los brazos, y sentí la fuerza que contenían las dos, sentí que sabían para qué servían. Hijas de lo utilitario, con fuerza de opresión, tan sólo querían acariciar.
sábado, 27 de octubre de 2018
El mediocre.
Roberto cerró el ordenador con la sensación de haber finalizado uno de los informes más mediocres de su vida. Un informe que, lejos de frustrarle, le satisfacía. ¿Cómo no hacerlo? Había invertido una ingente cantidad de energía en todo lo que se había propuesto hacer en los últimos años. Todo tenía que estar perfecto, brillante, pulido hasta no notarse arista alguna. ¿Pero a quién cojones le importaba un informe como ese? A Roberto no, desde luego, y en el instante que comenzó a desarrollarlo se dio cuenta de que...
Si bien la mediocridad en un ámbito le da a tu jefe por el culo.
La pretensión de excelencia en todos los ámbitos te vuelve, por obligación, mediocre en lo tuyo.
Y Roberto, aun habiendo hecho ese informe de mierda, no quería ser mediocre. Bajó al sótano y deslizó el pincel sobre el lienzo que preparó hacía ya semana y media. El piano de la banda de Dhafer Yousef se mezclaba con su laud conquistando los muros de aquel bajo suelo, aquel cuadro comenzaba a sonar a jazz y al pintor se le iluminó la cara sabiendo que fue la mediocridad la que le regaló el tiempo para hacerlo.
Si bien la mediocridad en un ámbito le da a tu jefe por el culo.
La pretensión de excelencia en todos los ámbitos te vuelve, por obligación, mediocre en lo tuyo.
Y Roberto, aun habiendo hecho ese informe de mierda, no quería ser mediocre. Bajó al sótano y deslizó el pincel sobre el lienzo que preparó hacía ya semana y media. El piano de la banda de Dhafer Yousef se mezclaba con su laud conquistando los muros de aquel bajo suelo, aquel cuadro comenzaba a sonar a jazz y al pintor se le iluminó la cara sabiendo que fue la mediocridad la que le regaló el tiempo para hacerlo.
domingo, 5 de agosto de 2018
El esclavo.
Una canción de Luís Ferrán hacía de colchón en la habitación común de un hostel. Justo donde yo estaba escribiendo. Dos hombres hablaban frente a mí de nada. Nada: dícese de aquello tendente al olvido.
Yo apenas los escuchaba. Pensaba en la esclavitud, pensaba que me había trasladado al siglo dieciocho y que una especie de dios bromista había chasqueado los dedos para, de esclavo negro, convertirme en hombre libre con un cronómetro que oscurecería mi piel y pudriría poco a poco mi libertad, un cronómetro con forma de de cuenta bancaria.
Cerré entonces el ordenador y agarré una de las últimas cervezas que me quedaban para dirigirme a la terraza. Se respiraba mejor con la cartera llena. Entonces pensé en los grandes filósofos de la historia y me enfurecí con cada uno de ellos.
Me enfurecí con la soberbia de Aristocles por proclamarse sabio conocedor del Bien anunciando que su modelo requiere de la suerte de haber nacido adinerado para ser sabio. Puto aristócrata mimado.
Me enfurecí con la insensibilidad de Aristóteles. Por anunciar que un estado necesita de esclavos para su correcto funcionamiento con la facilidad que suponía defender esa posición siendo un miserable rico ciudadano libre. No era persona para mí, una bestia desquitado de empatía.
Me enfurecí incluso con Nietzsche. Quien criticó toda la filosofía existente para proclamarse como el más sabio de todos, el único superhombre repleto de fortaleza, cubierto de vitalidad. Una fortaleza, vitalidad y sabiduría que fueron compradas con la misma moneda que Platón compró su idea de bien y mantuvo a su discípulo alejado de la esclavitud.
Quizás yo no era tan listo como ellos pero había aprendido a engañar a los esclavistas mejor. Y ellos, enormes hombres respetables, no eran más grandes que insectos para mí.
Miré al horizonte y me sentí orgulloso de estar engañando al sistema. Un tirao como yo debía de ser jodidamente listo para poder comprar su libertad. Al menos por un tiempo.
Miré mi cuenta bancaria y pensé que quien se liberó de las cadenas y sigue entre rejas esperando a que le vuelvan a encadenar no merece salir de aquella prisión.
Quien sabe, quizás ya no volvería a ser esclavo nunca más.
Yo apenas los escuchaba. Pensaba en la esclavitud, pensaba que me había trasladado al siglo dieciocho y que una especie de dios bromista había chasqueado los dedos para, de esclavo negro, convertirme en hombre libre con un cronómetro que oscurecería mi piel y pudriría poco a poco mi libertad, un cronómetro con forma de de cuenta bancaria.
Cerré entonces el ordenador y agarré una de las últimas cervezas que me quedaban para dirigirme a la terraza. Se respiraba mejor con la cartera llena. Entonces pensé en los grandes filósofos de la historia y me enfurecí con cada uno de ellos.
Me enfurecí con la soberbia de Aristocles por proclamarse sabio conocedor del Bien anunciando que su modelo requiere de la suerte de haber nacido adinerado para ser sabio. Puto aristócrata mimado.
Me enfurecí con la insensibilidad de Aristóteles. Por anunciar que un estado necesita de esclavos para su correcto funcionamiento con la facilidad que suponía defender esa posición siendo un miserable rico ciudadano libre. No era persona para mí, una bestia desquitado de empatía.
Me enfurecí incluso con Nietzsche. Quien criticó toda la filosofía existente para proclamarse como el más sabio de todos, el único superhombre repleto de fortaleza, cubierto de vitalidad. Una fortaleza, vitalidad y sabiduría que fueron compradas con la misma moneda que Platón compró su idea de bien y mantuvo a su discípulo alejado de la esclavitud.
Quizás yo no era tan listo como ellos pero había aprendido a engañar a los esclavistas mejor. Y ellos, enormes hombres respetables, no eran más grandes que insectos para mí.
Miré al horizonte y me sentí orgulloso de estar engañando al sistema. Un tirao como yo debía de ser jodidamente listo para poder comprar su libertad. Al menos por un tiempo.
Miré mi cuenta bancaria y pensé que quien se liberó de las cadenas y sigue entre rejas esperando a que le vuelvan a encadenar no merece salir de aquella prisión.
Quien sabe, quizás ya no volvería a ser esclavo nunca más.
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