Una canción de Luís Ferrán hacía de colchón en la habitación común de un hostel. Justo donde yo estaba escribiendo. Dos hombres hablaban frente a mí de nada. Nada: dícese de aquello tendente al olvido.
Yo apenas los escuchaba. Pensaba en la esclavitud, pensaba que me había trasladado al siglo dieciocho y que una especie de dios bromista había chasqueado los dedos para, de esclavo negro, convertirme en hombre libre con un cronómetro que oscurecería mi piel y pudriría poco a poco mi libertad, un cronómetro con forma de de cuenta bancaria.
Cerré entonces el ordenador y agarré una de las últimas cervezas que me quedaban para dirigirme a la terraza. Se respiraba mejor con la cartera llena. Entonces pensé en los grandes filósofos de la historia y me enfurecí con cada uno de ellos.
Me enfurecí con la soberbia de Aristocles por proclamarse sabio conocedor del Bien anunciando que su modelo requiere de la suerte de haber nacido adinerado para ser sabio. Puto aristócrata mimado.
Me enfurecí con la insensibilidad de Aristóteles. Por anunciar que un estado necesita de esclavos para su correcto funcionamiento con la facilidad que suponía defender esa posición siendo un miserable rico ciudadano libre. No era persona para mí, una bestia desquitado de empatía.
Me enfurecí incluso con Nietzsche. Quien criticó toda la filosofía existente para proclamarse como el más sabio de todos, el único superhombre repleto de fortaleza, cubierto de vitalidad. Una fortaleza, vitalidad y sabiduría que fueron compradas con la misma moneda que Platón compró su idea de bien y mantuvo a su discípulo alejado de la esclavitud.
Quizás yo no era tan listo como ellos pero había aprendido a engañar a los esclavistas mejor. Y ellos, enormes hombres respetables, no eran más grandes que insectos para mí.
Miré al horizonte y me sentí orgulloso de estar engañando al sistema. Un tirao como yo debía de ser jodidamente listo para poder comprar su libertad. Al menos por un tiempo.
Miré mi cuenta bancaria y pensé que quien se liberó de las cadenas y sigue entre rejas esperando a que le vuelvan a encadenar no merece salir de aquella prisión.
Quien sabe, quizás ya no volvería a ser esclavo nunca más.
domingo, 5 de agosto de 2018
domingo, 29 de abril de 2018
El derecho.
El hombre fuerte se
sujetó las debilidades y cogió camino. Gastó suela y aunque doliera la lejanía
decidió no frenar. Calmaba su corazón cuando éste galopaba y le apretaba el
pecho. Aceptaba lo hecho y se rehacía cuando yacía maltrecho entorno a villa
desengaño.
El hombre fuerte
carecía de quejas y aunque no de carencias, las recortaba. Se perdía
constantemente y siempre que se buscaba perdía la brújula y el norte, aunque
sabía que añoraba el sur, pero no desesperaba, respiraba y apostaba por otro
paso más.
El hombre fuerte carga
con tres elefantes, uno por cada carga que se decidió por consenso que otros no
debían cargar. Sal en las heridas, levanta ampollas, ahorra en comida, detesta
las joyas, se calma con la bebida y se saca la cabeza del culo para lavarse la
cara antes de que el amanecer le pille despistado.
“Nunca cambias” le
dijeron al hombre fuerte.
El hombre fuerte llora
vencido por la añoranza en una cama lejos de absolutamente todo. Con el pecho
roto y el alma derramada dice que no se quiere levantar.
Dice que quien dijo
aquello se merece errar.
Dice que un hombre
fuerte tiene derecho a cambiar.
domingo, 11 de marzo de 2018
Polvo en el aire.
Las personas son malas. Y buenas. Y son sensibles e insensibles. Y hacen una música tan preciosa que precipita el llanto. Y hacen llorar tanto a personas que también son preciosas. Y son lo peor y lo mejor de las cosas. Las personas hacen prosa y verso y pegan. Y adquieren cultura por diversión y son obscenos de pensamiento. Y leen a Nietzche y a Platón y están de acuerdo con los dos. Y escuchan a Vivaldi y se masturban. Y violan y un día fueron niños. Y son fieles de acto. Y la pasión por la pintura les da un vuelco en el corazón, corazón con el que practican la misoginia. Y guardan rencor y se sienten culpables cuando vulneran y quieren aspirar a ser invulnerables. Y tocan jazz y bailan con la promiscuidad. Y echan de menos y de más. Y son despreciables y dignos de admirar. Y son miserables, individuos portadores de una miseria que eclosiona en el hartazgo ajeno a largo plazo y que parece tan pequeña en un primer contacto.
Las personas están condenadas a la locura. Las personas no entienden que son malas. Las personas no entienden que son buenas. Las personas entienden que una casilla no es suficiente para definirles a ellos mismos, pero no entienden que lo mismo ocurra enfrente.
Las personas están condenadas a la locura. Las personas no entienden que son malas. Las personas no entienden que son buenas. Las personas entienden que una casilla no es suficiente para definirles a ellos mismos, pero no entienden que lo mismo ocurra enfrente.
domingo, 11 de febrero de 2018
¿Dónde se fueron los vuelcos?
Hay libros que venden consejos de pandereta como si fueran la verdad, que catalogan el fluir como el cúlmen de la felicidad. Como si nuestra capacidad de decisión fuera tan nimia que no hiciera falta. Como si el rol del luchador careciera de importancia, como si doblar las hebras que tejen el destino fuera ilegal. Como si ser débil tuviera premio.
Como si un genio hubiera delimitado una forma mágica para todo, como si me hurgaran en el corazón y decidieran de qué material está hecho, como si todos pudiéramos ser catalogados con una puta etiqueta y mis decisiones fueran lo corriente. Como si los vuelcos en el alma fuesen mierda desechable de la memoria.
Nos agilipollamos y nos quedamos con esa sensación pastosa de dejar que el tiempo fluya y que discurra y, lejos de consolarnos, nos acartona.
Y es que ese fluir tan aclamado nos deja indecisamente tranquilos y, cuando estamos colgando de un hilo, totalmente insensibles, nos coge los vuelcos, y nos los roba.
Como si un genio hubiera delimitado una forma mágica para todo, como si me hurgaran en el corazón y decidieran de qué material está hecho, como si todos pudiéramos ser catalogados con una puta etiqueta y mis decisiones fueran lo corriente. Como si los vuelcos en el alma fuesen mierda desechable de la memoria.
Nos agilipollamos y nos quedamos con esa sensación pastosa de dejar que el tiempo fluya y que discurra y, lejos de consolarnos, nos acartona.
Y es que ese fluir tan aclamado nos deja indecisamente tranquilos y, cuando estamos colgando de un hilo, totalmente insensibles, nos coge los vuelcos, y nos los roba.
domingo, 4 de febrero de 2018
La raíz.
Hay una raíz clavada en mi corazón con un sentimiento escrito en la savia. Una raíz que me hace llorar cuando tengo suerte, que me habla suave cuando me cuesta escuchar, que hace que vibre, una raíz increíble que me mantiene firme. Firmemente sensible.
Una raíz que me revuelca por dentro cuando no siento nada, que suena a balada de Andrés Suárez, que me acerca a las distancias más lejanas, que me revuelve por dentro, que me aprieta el estómago, que me aleja del cinismo y de la psicopatía y de la razón más aún cuando la tengo.
Una raíz que nunca será árbol, que nunca será acto ni habrá ciencia que la domine ni explique.
Una raíz que es pura y eterna potencia.
Por ser esperanza que aprieta y que se encarga de evitar que mi corazón claudique.
Una raíz que nunca será árbol. Una eterna potencia agarrada a mi sensación.
Una raíz que me revuelca por dentro cuando no siento nada, que suena a balada de Andrés Suárez, que me acerca a las distancias más lejanas, que me revuelve por dentro, que me aprieta el estómago, que me aleja del cinismo y de la psicopatía y de la razón más aún cuando la tengo.
Una raíz que nunca será árbol, que nunca será acto ni habrá ciencia que la domine ni explique.
Una raíz que es pura y eterna potencia.
Por ser esperanza que aprieta y que se encarga de evitar que mi corazón claudique.
Una raíz que nunca será árbol. Una eterna potencia agarrada a mi sensación.
sábado, 13 de enero de 2018
Era de contradicción.
Dijeron que habíamos de
permanecer en el camino, que salirse era perderse y perderse significaba no
tener la posibilidad de volver a la seguridad de las vías. Todos escogieron
caminos, todos supieron que hacer con sus pies, sus tobillos parecían ir
acordes al chirriante sonido unas neuronas seguras, decisas, altivas. La duda
no incurría en tropiezo alguno ni parecía que las piedras incomodaran a los
caminantes, si es que acaso había piedras en aquellos elegidos caminos y atrás
nos quedamos los ajenos al groso de “todos”.
Nosotros somos los
perdidos, los que escogimos escaparnos del camino y no terminamos de encontrar
uno que sea honesto, los que vagan por el bosque y solo distinguen un asqueroso
baile de sombras, los que ven el camino pero de lejos y envidian la seguridad
de aquellos caminantes que, ignorantes, caminan con seguridad sobre hipocresía.
Esos somos nosotros.
Los inseguros por honestos que prestos escapan de la mentira en acto y del
contacto del alardeo responsable. Esos somos nosotros, los que conservan la
ética de la prematura juventud habiendo crecido y que solo les deja ser testigos
sin participación plena.
Esa es la situación de
los perdidos, heridos por mantener la moral en la era de la contradicción.
domingo, 24 de diciembre de 2017
Treinta kilómetros.
Con una soberbia
deplorable decidimos que los hijos nos hacían esclavos y que la soledad era la
libertad, que era idiota aquel que decidía permanecer en el lugar donde vino al
mundo para crear, de la nada, pureza.
Nos equivocamos, nos
equivocamos porque el contexto nos confundió. Siempre pensamos que éramos
nosotros los que provocábamos la situación idónea en función de nuestros
deseos. Somos idiotas. Por el contrario, era la misma situación, el mismo
contexto el que modificaba nuestro comportamiento y maleaba nuestra psique a
fin de que se amoldara a su figura.
Y ese contexto, esa
situación, todo aquello que queda fuera de nuestra decisión, todo aquello es lo
que modifica nuestras decisiones para que encajemos en el mundo.
Digamos que el contexto
es un ente vivo, un monstruo biológico en el que estamos inmersos y que
nosotros, dentro de él, no somos más que componentes modificables para su
supervivencia. Lo que me hace pensar que mis ansias de viajar y mi desapego al
compromiso amoroso no es más que una derivación a posteriori de un contexto
económico desfavorable. Un contexto que me obligaba de pleno a desechar la
posibilidad de desarrollar una vida estable dentro del país en el que nací, por
eso lo deseché, por eso creí que no me gustaba.
Fue la falta de
economía la que me convirtió en viajero, que no se nos llene la boca repartiendo
lecciones por haber contemplado mayor diversidad de paisajes.
Puesto que, entre esos
paisajes, conocí a quien rebosaba felicidad sin si quiera haberse alejado
treinta kilómetros del lugar donde nació.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)