Hay una raíz clavada en mi corazón con un sentimiento escrito en la savia. Una raíz que me hace llorar cuando tengo suerte, que me habla suave cuando me cuesta escuchar, que hace que vibre, una raíz increíble que me mantiene firme. Firmemente sensible.
Una raíz que me revuelca por dentro cuando no siento nada, que suena a balada de Andrés Suárez, que me acerca a las distancias más lejanas, que me revuelve por dentro, que me aprieta el estómago, que me aleja del cinismo y de la psicopatía y de la razón más aún cuando la tengo.
Una raíz que nunca será árbol, que nunca será acto ni habrá ciencia que la domine ni explique.
Una raíz que es pura y eterna potencia.
Por ser esperanza que aprieta y que se encarga de evitar que mi corazón claudique.
Una raíz que nunca será árbol. Una eterna potencia agarrada a mi sensación.
domingo, 4 de febrero de 2018
sábado, 13 de enero de 2018
Era de contradicción.
Dijeron que habíamos de
permanecer en el camino, que salirse era perderse y perderse significaba no
tener la posibilidad de volver a la seguridad de las vías. Todos escogieron
caminos, todos supieron que hacer con sus pies, sus tobillos parecían ir
acordes al chirriante sonido unas neuronas seguras, decisas, altivas. La duda
no incurría en tropiezo alguno ni parecía que las piedras incomodaran a los
caminantes, si es que acaso había piedras en aquellos elegidos caminos y atrás
nos quedamos los ajenos al groso de “todos”.
Nosotros somos los
perdidos, los que escogimos escaparnos del camino y no terminamos de encontrar
uno que sea honesto, los que vagan por el bosque y solo distinguen un asqueroso
baile de sombras, los que ven el camino pero de lejos y envidian la seguridad
de aquellos caminantes que, ignorantes, caminan con seguridad sobre hipocresía.
Esos somos nosotros.
Los inseguros por honestos que prestos escapan de la mentira en acto y del
contacto del alardeo responsable. Esos somos nosotros, los que conservan la
ética de la prematura juventud habiendo crecido y que solo les deja ser testigos
sin participación plena.
Esa es la situación de
los perdidos, heridos por mantener la moral en la era de la contradicción.
domingo, 24 de diciembre de 2017
Treinta kilómetros.
Con una soberbia
deplorable decidimos que los hijos nos hacían esclavos y que la soledad era la
libertad, que era idiota aquel que decidía permanecer en el lugar donde vino al
mundo para crear, de la nada, pureza.
Nos equivocamos, nos
equivocamos porque el contexto nos confundió. Siempre pensamos que éramos
nosotros los que provocábamos la situación idónea en función de nuestros
deseos. Somos idiotas. Por el contrario, era la misma situación, el mismo
contexto el que modificaba nuestro comportamiento y maleaba nuestra psique a
fin de que se amoldara a su figura.
Y ese contexto, esa
situación, todo aquello que queda fuera de nuestra decisión, todo aquello es lo
que modifica nuestras decisiones para que encajemos en el mundo.
Digamos que el contexto
es un ente vivo, un monstruo biológico en el que estamos inmersos y que
nosotros, dentro de él, no somos más que componentes modificables para su
supervivencia. Lo que me hace pensar que mis ansias de viajar y mi desapego al
compromiso amoroso no es más que una derivación a posteriori de un contexto
económico desfavorable. Un contexto que me obligaba de pleno a desechar la
posibilidad de desarrollar una vida estable dentro del país en el que nací, por
eso lo deseché, por eso creí que no me gustaba.
Fue la falta de
economía la que me convirtió en viajero, que no se nos llene la boca repartiendo
lecciones por haber contemplado mayor diversidad de paisajes.
Puesto que, entre esos
paisajes, conocí a quien rebosaba felicidad sin si quiera haberse alejado
treinta kilómetros del lugar donde nació.
lunes, 20 de noviembre de 2017
La insoportable levedad del ser.
El crío creció antes de lo que él esperaba y, sin embargo, poco había cambiado. Lo aprendido en el camino parecía enseñarle que el punto medio era lo más sensato, aunque allí no ocurriera nada, absolutamente nada.
Al comienzo, fue el afán de observar lo que le impedía tomar alguna dirección. Observaba, observaba como si en la naturaleza del comportamiento ajeno estuvieran las claves del entendimiento de su propio hilo vital. Pero lo que sacó en claro de aquellas observaciones no fue más que notas desordenadas de un análisis de sus coetáneos y eso poco le ayudaba en su contienda decisiva.
Fue quizás cuando probó la miel de los extremos cuando, aterrorizado, se quedó en el medio, en postura fetal, sin saber hacia donde ir.
La libertad extrema sonaba tan bien en la adolescencia, la absoluta ligereza del alma, el viento en su carrera y el egoísmo supremo sonaba a felicidad. Pero quien se acerca a ese extremo se aleja de la pesadez y, por tanto, de la trascendencia, de la importancia adherida a los hechos que hacen de una vida una obra de arte y se acerca, de una manera terroríficamente peligrosa, a la insoportable levedad del ser.
En el otro extremo estaba lo pesado, la carga sobre los hombros, la decisión determinante que incomoda al alma de una manera orgullosa y altiva, la sublimación, la fortaleza y la valentía de enfrentarse al camino con más piedras. Ahí había trascendencia, tomar esa decisión significaba besar a la importancia, crear a partir de carencias y hacerle justicia a la existencia. Pero hacerlo significaba lidiar con la continua competencia y alejarse del viento.
Así que ahí estaba el crío, en el puto punto medio, no por prudencia, sino por indecisión de su extremo favorito.
Al comienzo, fue el afán de observar lo que le impedía tomar alguna dirección. Observaba, observaba como si en la naturaleza del comportamiento ajeno estuvieran las claves del entendimiento de su propio hilo vital. Pero lo que sacó en claro de aquellas observaciones no fue más que notas desordenadas de un análisis de sus coetáneos y eso poco le ayudaba en su contienda decisiva.
Fue quizás cuando probó la miel de los extremos cuando, aterrorizado, se quedó en el medio, en postura fetal, sin saber hacia donde ir.
La libertad extrema sonaba tan bien en la adolescencia, la absoluta ligereza del alma, el viento en su carrera y el egoísmo supremo sonaba a felicidad. Pero quien se acerca a ese extremo se aleja de la pesadez y, por tanto, de la trascendencia, de la importancia adherida a los hechos que hacen de una vida una obra de arte y se acerca, de una manera terroríficamente peligrosa, a la insoportable levedad del ser.
En el otro extremo estaba lo pesado, la carga sobre los hombros, la decisión determinante que incomoda al alma de una manera orgullosa y altiva, la sublimación, la fortaleza y la valentía de enfrentarse al camino con más piedras. Ahí había trascendencia, tomar esa decisión significaba besar a la importancia, crear a partir de carencias y hacerle justicia a la existencia. Pero hacerlo significaba lidiar con la continua competencia y alejarse del viento.
Así que ahí estaba el crío, en el puto punto medio, no por prudencia, sino por indecisión de su extremo favorito.
miércoles, 18 de octubre de 2017
Viviendo la ficción
Nos cegó la obsesión por la ficción, la fijación por lo ficticio se usó para olvidar lo que estaba al alcance de la mano, gracias a este olvido, la mano no se acordaba ya de lo que debía de alcanzar. Lo que en un primer momento era alcanzable se cubrió de una niebla densa que emergía de historias que las películas y las series nos contaron y que nos dieron una mentira a la que nos presentamos como aspirantes. Como si aquello fuera cierto, como si aquello le hubiera ocurrido a alguien.
Y la verdad sigue ahí fuera, aunque ya no hay quien la vea.
Y la verdad sigue ahí fuera, pero ya no hay quien la crea.
Y la verdad sigue ahí fuera, aunque ya no hay quien la vea.
Y la verdad sigue ahí fuera, pero ya no hay quien la crea.
miércoles, 13 de septiembre de 2017
Corazón blando.
Hay gente que tiene el
corazón blandito, suave y mullido, como una buena almohada y no importa el tipo
de trabajo que desarrolle, el nivel de estudios que se tenga o la familia que
lo haya criado. No importa el número de corazones que rompió ni cuán rota esté
su figura, no importa como le azote la vida, ni la amargura de las noches más
ácidas. No importan los golpes en las sienes de diez borrachos ni los
enfrentamientos sin importancia, ni siquiera la culpabilidad que deviene de la
dureza. Ni las promesas rotas, ni los sentimientos de reciente cambio.
Hay gente que tiene el
corazón blandito y, a pesar de todo, lo siguen conservando.
viernes, 1 de septiembre de 2017
La seda es impredecible.
Mirando entre mis pies, con la cabeza incrustada en la mesa y con la cara arrugada, en la mueca más triste que puede tener la cara de un hombre, me desesperaba. No pensaba, me resquebrajé.
Y ahora, con la calma silente que da el tiempo, con los brazos tras mi nuca y los ojos clavados a martillazos en la atmósfera, me pregunto: ¿En qué momento se jodió todo?
Las ilusiones se convirtieron en delirios de grandeza, los sueños en una actitud inmadura y el amor en desventuras. Y ante esa horrible evidencia solo queda encogerse de hombros y seguir escribiendo, encogerse de hombros y seguir sintiendo, aunque seguir perdiendo sea lo que eso signifique.
Pero la suerte la cosen manos hechas de seda.
Y hacer lo que nos nace, es lo único que nos queda.
Y ahora, con la calma silente que da el tiempo, con los brazos tras mi nuca y los ojos clavados a martillazos en la atmósfera, me pregunto: ¿En qué momento se jodió todo?
Las ilusiones se convirtieron en delirios de grandeza, los sueños en una actitud inmadura y el amor en desventuras. Y ante esa horrible evidencia solo queda encogerse de hombros y seguir escribiendo, encogerse de hombros y seguir sintiendo, aunque seguir perdiendo sea lo que eso signifique.
Pero la suerte la cosen manos hechas de seda.
Y hacer lo que nos nace, es lo único que nos queda.
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