Nos cegó la obsesión por la ficción, la fijación por lo ficticio se usó para olvidar lo que estaba al alcance de la mano, gracias a este olvido, la mano no se acordaba ya de lo que debía de alcanzar. Lo que en un primer momento era alcanzable se cubrió de una niebla densa que emergía de historias que las películas y las series nos contaron y que nos dieron una mentira a la que nos presentamos como aspirantes. Como si aquello fuera cierto, como si aquello le hubiera ocurrido a alguien.
Y la verdad sigue ahí fuera, aunque ya no hay quien la vea.
Y la verdad sigue ahí fuera, pero ya no hay quien la crea.
miércoles, 18 de octubre de 2017
miércoles, 13 de septiembre de 2017
Corazón blando.
Hay gente que tiene el
corazón blandito, suave y mullido, como una buena almohada y no importa el tipo
de trabajo que desarrolle, el nivel de estudios que se tenga o la familia que
lo haya criado. No importa el número de corazones que rompió ni cuán rota esté
su figura, no importa como le azote la vida, ni la amargura de las noches más
ácidas. No importan los golpes en las sienes de diez borrachos ni los
enfrentamientos sin importancia, ni siquiera la culpabilidad que deviene de la
dureza. Ni las promesas rotas, ni los sentimientos de reciente cambio.
Hay gente que tiene el
corazón blandito y, a pesar de todo, lo siguen conservando.
viernes, 1 de septiembre de 2017
La seda es impredecible.
Mirando entre mis pies, con la cabeza incrustada en la mesa y con la cara arrugada, en la mueca más triste que puede tener la cara de un hombre, me desesperaba. No pensaba, me resquebrajé.
Y ahora, con la calma silente que da el tiempo, con los brazos tras mi nuca y los ojos clavados a martillazos en la atmósfera, me pregunto: ¿En qué momento se jodió todo?
Las ilusiones se convirtieron en delirios de grandeza, los sueños en una actitud inmadura y el amor en desventuras. Y ante esa horrible evidencia solo queda encogerse de hombros y seguir escribiendo, encogerse de hombros y seguir sintiendo, aunque seguir perdiendo sea lo que eso signifique.
Pero la suerte la cosen manos hechas de seda.
Y hacer lo que nos nace, es lo único que nos queda.
Y ahora, con la calma silente que da el tiempo, con los brazos tras mi nuca y los ojos clavados a martillazos en la atmósfera, me pregunto: ¿En qué momento se jodió todo?
Las ilusiones se convirtieron en delirios de grandeza, los sueños en una actitud inmadura y el amor en desventuras. Y ante esa horrible evidencia solo queda encogerse de hombros y seguir escribiendo, encogerse de hombros y seguir sintiendo, aunque seguir perdiendo sea lo que eso signifique.
Pero la suerte la cosen manos hechas de seda.
Y hacer lo que nos nace, es lo único que nos queda.
sábado, 26 de agosto de 2017
La canción
Si ves a alguien que me quiso
dile que no me fue mal en la vida
que trato de no perder el juicio
y que me sigue gustando la bebida,
que estoy en un puto punto medio.
Y dale un beso en la mejilla.
dile que no me fue mal en la vida
que trato de no perder el juicio
y que me sigue gustando la bebida,
que estoy en un puto punto medio.
Y dale un beso en la mejilla.
viernes, 4 de agosto de 2017
Hueco
-Yo jamás te diría eso.
-¿Por qué?
-Porque aspiro a no ser un egoísta de mierda.
Lo miró con extrañeza, luego con una ascendente sonrisa que se torció hacia el enfado.
-¿Me quieres decir qué ridícula lógica te lleva a pensar eso?
-Verás, la añoranza es un sentimiento honesto, puro y, sobre todo, doloroso. Es palpar huecos en el alma de cuya existencia no eras consciente por haberlos rellenado con trocitos de otra persona. Es buscar lo que cubría esa concavidad antes y darte cuenta de que la tierra que ocupaba su lugar se la llevó el viento. Es ver que un agujero de suave superficie busca algo que lo llene y se desespera, y se duele, y se llora, y se tiembla.
-Pero...
-Pero cuando digo echarte de menos, no hago sino rellenar con vacío un hueco que tú misma llenabas entera, lo hago para que tu respuesta engañe al hueco que dejaste y piense que, si tú también tienes un hueco, mi fuerza al cavar es, al menos, tan fuerte como la tuya. Pero no se declara añoranza para rellenar huecos, sino para ver la profundidad del hueco del otro, y para, de algún modo, dejar que el nuestro siga siendo suave, siga estando blandito.
Prefiero dolerme de manera honesta mi amor, y que si algún día nos encontramos te acomodes en la dureza de mis huecos, te enamores de su eco y me quieras de verdad, aunque solo sea un poquito.
Y que cada uno se mire su agujero y juzgue lo que quiera hacer con él.
-¿Por qué?
-Porque aspiro a no ser un egoísta de mierda.
Lo miró con extrañeza, luego con una ascendente sonrisa que se torció hacia el enfado.
-¿Me quieres decir qué ridícula lógica te lleva a pensar eso?
-Verás, la añoranza es un sentimiento honesto, puro y, sobre todo, doloroso. Es palpar huecos en el alma de cuya existencia no eras consciente por haberlos rellenado con trocitos de otra persona. Es buscar lo que cubría esa concavidad antes y darte cuenta de que la tierra que ocupaba su lugar se la llevó el viento. Es ver que un agujero de suave superficie busca algo que lo llene y se desespera, y se duele, y se llora, y se tiembla.
-Pero...
-Pero cuando digo echarte de menos, no hago sino rellenar con vacío un hueco que tú misma llenabas entera, lo hago para que tu respuesta engañe al hueco que dejaste y piense que, si tú también tienes un hueco, mi fuerza al cavar es, al menos, tan fuerte como la tuya. Pero no se declara añoranza para rellenar huecos, sino para ver la profundidad del hueco del otro, y para, de algún modo, dejar que el nuestro siga siendo suave, siga estando blandito.
Prefiero dolerme de manera honesta mi amor, y que si algún día nos encontramos te acomodes en la dureza de mis huecos, te enamores de su eco y me quieras de verdad, aunque solo sea un poquito.
Y que cada uno se mire su agujero y juzgue lo que quiera hacer con él.
lunes, 24 de abril de 2017
La más honesta consecuencia de la conciencia del vacío.
Nadie, digo, nadie está
a salvo de sí mismo, pues dentro de las dos opciones disponibles, ninguna
beneficia nuestra honestidad. O bien somos fuerza destructiva conocedora del
dolor, o bien somos consecuencia de ignorancia que nos llenará de vacío.
Tampoco es para
ponernos dramáticos, quien conoce el dolor, quien es consciente del vacío que
implica nuestra vana existencia, no por ello ha de nutrirse del continuo acto
hiriente que es el mirar nuestro vacío. “Habrá que hacer leña del árbol caído”,
alimentarnos del humor que se deriva del conocer lo inútil de nuestra
existencia. Mientras el universo se expande, mientras la Andrómeda se aleja
poco a poco de mi galaxia, mientras el sistema solar sigue los movimientos que
la naturaleza les dictó, mientras el sol se apaga muy poco a poquito, mientras
la luna se encara con la Tierra. Mientras tanto, yo hago un chiste guarro en la
esquina de un bar de Granada, sabiendo que eso, es lo más honesto que un hombre
podría hacer.
viernes, 17 de marzo de 2017
Ai...
Estaba tumbado en el sofá, un capítulo de la serie sucedía al siguiente, que se reproducía de forma automática. Y entre los capítulos, la estufa y la copiosa comida, me entró el soponcio y me dormí. Cuando desperté habían pasado dos horas, me estiré y tras unos minutos de mirar al techo, en un acto de voluntad me incorporé, me puse mis zapatillas y deambulé hasta el cuarto de baño, meé y me miré al espejo.
Volví al salón y me senté frente al ordenador de nuevo, en la pestaña de Netflix busqué Facebook, y comencé a bajar la barra mirando las novedades que ofrecían los perfiles que tenía como amigos.
Tras cuarenta y cinco minutos, un artículo sobre los "mileniars", dos titulares de "elmundotoday", y una noticia sobre cómo Justin Beiber desprecia a sus fans, cerré la pestaña. La volví a abrir, había olvidado ver si Alba me había contestado. No lo había hecho, pero lo había leído. Cerré la pestaña y puse jazz en youtube, Richard Bona, para ser exactos. Me levanté y miré por la ventana, como quien mira un zapato a las cuatro de la mañana al volver borracho a casa.
Me dirigí a mi cuarto con el portátil en la mano y comencé a hacer ejercicio, un poco de sombra de boxeo antes de las flexiones y sentadillas, luego algo de abdominales y tríceps apoyándome en la mesita de noche. Al terminar me duché y, entre la dubitativa de ponerme el pijama o los vaqueros y los zapatos, opté por la primera opción.
Me preparé una tortilla en un bocata y me puse Netflix de nuevo. A mitad de capítulo me quedé dormido y me levanté a las cuatro de la mañana con media temporada reproducida y la molesta necesidad de irme a la cama. Pasé por el baño y con la torpeza de quien se acaba de levantar me lavé los dientes. Quité la ropa sobre mi cama y me acosté.
Cuando sonó la alarma no estaba listo para levantarme, seguí durmiendo dejando que sonara cada diez minutos. Cuando quedaban cincuenta minutos para llegar a clase me levanté. Me preparé un té mientras encendía el ordenador, volví a poner jazz, el concierto de Richard Bona sonaba justo por donde lo había cortado y con ese sonido acompañándome me quedé mirando a la ventana por unos minutos. Preparé la mochila y me fui a clase.
Tras cuatro horas de clase me dirigí a casa y puse a precalentar el horno. El día anterior comí pasta, y como no me apetecía preparar nada con un mínimo de elaboración, me zamparía la pizza que compré haría tres días.
Con la pizza en mano me tumbé en el sofá. Un capítulo de la serie sucedió al siguiente, que se reproducía de forma automática. Y entre los capítulos, la estufa y la copiosa comida, me entró el soponcio y me dormí.
Volví al salón y me senté frente al ordenador de nuevo, en la pestaña de Netflix busqué Facebook, y comencé a bajar la barra mirando las novedades que ofrecían los perfiles que tenía como amigos.
Tras cuarenta y cinco minutos, un artículo sobre los "mileniars", dos titulares de "elmundotoday", y una noticia sobre cómo Justin Beiber desprecia a sus fans, cerré la pestaña. La volví a abrir, había olvidado ver si Alba me había contestado. No lo había hecho, pero lo había leído. Cerré la pestaña y puse jazz en youtube, Richard Bona, para ser exactos. Me levanté y miré por la ventana, como quien mira un zapato a las cuatro de la mañana al volver borracho a casa.
Me dirigí a mi cuarto con el portátil en la mano y comencé a hacer ejercicio, un poco de sombra de boxeo antes de las flexiones y sentadillas, luego algo de abdominales y tríceps apoyándome en la mesita de noche. Al terminar me duché y, entre la dubitativa de ponerme el pijama o los vaqueros y los zapatos, opté por la primera opción.
Me preparé una tortilla en un bocata y me puse Netflix de nuevo. A mitad de capítulo me quedé dormido y me levanté a las cuatro de la mañana con media temporada reproducida y la molesta necesidad de irme a la cama. Pasé por el baño y con la torpeza de quien se acaba de levantar me lavé los dientes. Quité la ropa sobre mi cama y me acosté.
Cuando sonó la alarma no estaba listo para levantarme, seguí durmiendo dejando que sonara cada diez minutos. Cuando quedaban cincuenta minutos para llegar a clase me levanté. Me preparé un té mientras encendía el ordenador, volví a poner jazz, el concierto de Richard Bona sonaba justo por donde lo había cortado y con ese sonido acompañándome me quedé mirando a la ventana por unos minutos. Preparé la mochila y me fui a clase.
Tras cuatro horas de clase me dirigí a casa y puse a precalentar el horno. El día anterior comí pasta, y como no me apetecía preparar nada con un mínimo de elaboración, me zamparía la pizza que compré haría tres días.
Con la pizza en mano me tumbé en el sofá. Un capítulo de la serie sucedió al siguiente, que se reproducía de forma automática. Y entre los capítulos, la estufa y la copiosa comida, me entró el soponcio y me dormí.
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