lunes, 8 de agosto de 2016

La semilla y el tiempo.

-Si pudierais comprar lo que quisieras en este mundo ¿Qué compraríais? -Dijo el profesor con la viva mirada anclada en cada uno de sus alumnos.
-¡Un coche!
-¡Una campana super grande!
-¡Una mansión!

Rió el profesor a sabiendas de la ignorancia presentada, sin embargo fue clemente en su explicación, al fin y al cabo a penas sobrepasaban la década de edad.

-¿Sabéis lo que compraría yo? Yo compraría tiempo, porque tiempo es lo único que no se puede comprar.

La voz del profesor retumbó en las cuatros paredes del aula de sexto de primaria, y como un eco en el silencio aparcó en los oídos de quienes estuvieron atentos, y como una semilla en el viento que no sabe muy bien donde va a caer, se sembró en la mente de un crío, crío que con el tiempo, ese que parecía no poder comprarse, descubrió que tenía un árbol en la cabeza.


Y cuando la semilla fue secuoya, el niño, convertido en adulto, comenzó a pensar.

"Tiempo es lo único que no se puede comprar" pensó, "¿es que acaso todo lo demás es susceptible de ser comprado?", "lo es, sin duda" Y como aquel crío, convertido en adulto, algo había leído del sistema del que, sin elegirlo, pertenecía, algo sabía.

"Todo es susceptible de ser comprado, todo se puede comprar" siguió pensando, "¿Todo?" se preguntó, "Todo menos el tiempo" "pero... ¿Con qué se compra todo?"

"Con dinero" se respondió "Con esa moneda de cambio que sustituyó al trueque a fin de facilitar los precios comunes, a fin de progresar en la civilización y estipular un precio parecido que se desnivelaría con el tiempo" "con el tiempo"

Fue entonces cuando la semilla convertida en un precioso árbol dio su primer fruto.

"¿Cómo se compra el dinero?" "El dinero no es algo inherente al ser humano, no está entre sus cualidades y habilidades personales, no naces con una cuenta bancaria, ni con una moneda en el pañal lo único que tenemos al nacer es..." la semilla floreció "tiempo"

"Tiempo es lo único que tenemos y dinero es lo que compramos con nuestro tiempo" El alumno, quince años después sonrió al saber de la ignorancia de su profesor.


"No es que no se pueda comprar tiempo, es que nos han enseñado a que hay que es necesario venderlo a un precio de mierda"

"De otra manera, tendremos al sistema contra las cuerdas"





viernes, 5 de agosto de 2016

El temblor.

Sintió un temblor y se puso a recordar, con toda la fuerza de su memoria, pero su memoria, como de costumbre, dejaba mucho que desear, y a pesar de su deseo no hubo éxito en la búsqueda del origen de aquel tembleque, supo, que aunque acabara de tomar consciencia de él, llevaba  mucho tiempo rondando por los recovecos de su piel, y como una estampa se había apoderado de toda decisión que firmaba que como contratos siempre se amontonaron en el rincón de la duda, donde no había opción ganadora.

Fue por aquel entonces cuando se conocieron, y se abrazaron, y se quisieron más de lo que jamás habían querido, y se sintió tan querido que la opción de parar se le aparecía como una tortura, y se vio obligado a la más vergonzosa confesión.

-Tengo, tengo miedo -dijo.

Y como sabiendo la respuesta a aquella pregunta oculta se olvidó de que temblaba. Y llegó el punto clave, la inflexión que lo puso todo patas arriba, las palabras mágicas que sin pedirlas las buscaba como manantial en el desierto en el que él se había colocado, esos fonemas que retumbaban en su mente desde que la conoció y que retozaban en el eco del hueco que llenaba su vacío. Ella las pronunció.

-Todo va a salir bien, te lo prometo.

Dejó de temblar inmediatamente, era una garantía, y la firmó ella sin su petición u obligación comedida, sin callejones sin salida ni ejercida presión en el corazón ajeno. Lo prometió por su propio deseo y con el derecho de autodeterminación en la mano, debía de ser verdad.

Pero una buena historia alardea de un buen final, y éste llegó más pronto de lo que él esperaba, "no todo salió tan bien como me prometió" se dijo, enrabietado, arropado de nuevo por el temblor que había abandonado, culpando a quien prometía dicha sin cumplir la promesa.

La rabia dio paso a la pena, la pena a la culpabilidad, la culpabilidad a la fragilidad y esta última al miedo, miedo a romperse sin saber que estaba roto, miedo a dañarse sin mirar sus arañazos, miedo a saltar, ¡a saltar! ¡Él que no había saltado en su vida! "¿Miedo?" se dijo, "yo una vez no tuve miedo"

Y su memoria no falló, releyó entonces el contrato de la pérdida de pavor.

Rebuscó y rebuscó, y encontró la cláusula que le torturaba.

"Se estipula que la parte A comprometida a la permanencia de por vida despojará de la sensación de miedo a la parte B al evidenciarse una mutua necesidad"


Enmudeció, no es que dejara de tener miedo, es que desechó el fracaso como posibilidad presente.

Y así cualquiera deja de temblar. Así cualquiera parece valiente.

jueves, 4 de agosto de 2016

La maravilla de no más de cinco minutos.

"Una canción que dice que un hombre solo conserva lo que no amarra"

Una canción que canta lento al son del cuento que no te contaron, la cuenta vacía y la tranquilidad que desprende, la, la, la intemperie económica y la cónica focalización de lo que importa, importancia nula de lo que se exporta, de dentro a fuera.

No existe admiración más grande que la que nace sin intención alguna.

Y no hubo ninguna bendición de quien pretendió ser libre de admirar.


Respira.

lunes, 1 de agosto de 2016

La máquina.

"Somos la maquinaria de una máquina que no funciona"

En cuanto terminé de escribir la frase en mi libreta intuí que no expresaba todo lo que quería decir, y no es que no fuera la expresión correcta, es que, quizás, no era todo lo exacta que podría ser, y sin embargo no sabía como expresarme mejor.

Corrí unas hojas hacia tras y releí "No sé si soy buen o mal escritor, pero sé que, en ocasiones, cuando tengo mucha suerte, escribo exactamente lo que quiero escribir"

Estaba claro que este no era el caso.

"Somos la maquinaria de una máquina que no funciona", Releí, reflexioné.

La vida es corta, demasiado corta, corta en exceso y con esto no hago referencia a la vitalidad que se ha de mantener por tener consciencia de este hecho, esto no es una apología del Carpe Diem. Digamos que nuestro egoísmo podría estar justificado, incluso aquel egoísmo más altruista.

"Somos la maquinaria de una máquina que no funciona" me repito.

La vida es corta, corta en exceso, tanto que la máquina de la que somos piezas fue creada antes que nosotros, siendo nuestra función la sustitución de otros que se fueron, y lo más terrorífico es que, por ser nosotros tan sólo piezas de una máquina que fue creada por decisión ajena, la única conclusión lógica es que la máquina se arregla por sí sola, sin nuestro permiso o decisión y toda pieza es sustituible a fin de que la máquina siga funcionando, y no importa que se esté de acuerdo o en desacuerdo con el funcionamiento de la máquina, ella prevé tu comportamiento y te dice:

"No me importa tu conclusión, no me importa tu pensamiento"

Y sigue trabajando, sabiéndose dueña de su destino, sabiendo que es creadora de unas piezas que garantizarán Siempre su funcionamiento.








domingo, 24 de julio de 2016

¿Bien? Tu puta madre bien.

Tenemos una vida que no nos gusta, una necesidad de acusar con el dedo el defecto ajeno, un dedo, por cierto, monstruosamente defectuoso, la incapacidad de estar callados, tenemos la inquietud de explayar nuestro ego hasta el límite que tapona nuestros oídos.

Tenemos una ausencia de vitalidad tal que nuestras ojeras modelan nuestra apariencia y la transparencia se vende como terapia infalible, tenemos que estar bien y contarlo, que estar bien expresarlo, tenemos que estar mal y explicarnos, y solucionarlo.

-¿Cómo estás?

-Bien.

Tenemos que estar bien, aunque nos vaya mal, aunque no queramos, aunque no lo estemos, para que nuestra respuesta sea meritoria si el contexto no acompaña o para que ésta sea orgullosa si acaso el contexto se postra a nuestros pies gracias al propio esfuerzo.

Hemos de estar bien, todo lo que en nuestra mano sea posible, porque parece imperceptible la evidencia de culpabilidad que supone, sea cual sea el motivo, el estar jodidos.

Hemos de estar bien, porque, por encima de todo, es la manera más sencilla de garantizar que estamos dormidos.

sábado, 23 de julio de 2016

Botón Rojo.

Subí al autobús y al instante, como estando entre dos ventanas abiertas, llegó ese extraño olor, ese que a la par que confortable desprendía el asqueo de la ausencia de novedad.

Al principio el trayecto era interesante, nada del otro mundo, pero agradable si dejabas de pensar que estabas encerrado.

A través del cristal podías ver las empedradas calles adornadas con árboles, suponía por no perder el contacto con lo natural, los viandantes ensimismados en sus historias y una pequeña victoria de un niño haciendo sonreír a un venteañero.

Sin embargo a la hora mis pies se comenzaron a entumecer, mis pies se cansaron de no ejercer y mi vista ya no distinguía novedad alguna que despistara la bruma de una cabeza en búsqueda de algo de lucidez.

Ese es quizás el peligro de la rutina, que usada como método de vida, la vida se olvida para no ser más que un sistema.

Pronto caí en la cuenta de que el autobús respondía a la ruta 8, eso quiere decir que llegaba a los extrarradios de la ciudad y atravesaba el centro en la mitad del trayecto.

"Tres vueltas son suficientes" me dije, y me dirigí hacia el botón rojo.

Pero en ese autobús no había botones, miré a mi alrededor. El autobús estaba repleto, no había caído en la cuenta hasta aquel momento, indagué en los rostros de los pasajeros, no era posible.

Todos estaban contentos, felices de sus asientos, hubo uno incluso que lo adornó con una florecita. Comencé a sentir asfixia, claustrofobia, mi respiración se aceleró en carrera con mi pulso. Respiré hondo. "No puede ser".

Atravesé el pasillo observando con más ahínco. Todos lucían la misma cara de gilipollas satisfecho de ejercer su derecho a salvaguardar su estatus de pasajero, al fin y al cabo,ser pasajero no era tan malo y se podía vivir sin complicaciones, la elección de ruta era delegada y así uno tenía tiempo para observar a través del cristal, eso les gustaba, les encantaba.

Agucé el oído y lo escuchado me horrorizó, no había ni una sola conversación que no discurriera sobre el mecanismo, la ruta o el contenido del autobús, algún que otro lumbreras habló de un edificio que observó desde la ventana pero nadie mostró interés.

Dios, dios dios, me estaba asfixiando, debía de haber alguien que pudiera sacarme de allí, recorrí el pasillo agarrando a la gente por los hombros.

"Fue una suerte coger este autobús" "Qué orgullo ¡eh!" "¡La ruta ocho es la mejor!"

Mierda, eran definitivamente gilipollas. La ansiedad me atrapó, la opresión en el pecho se tornaba a insoportable, mi pulso comenzó a... Un momento.

El conductor, claro joder, el conductor debía de saber por qué cogimos esa ruta, él la eligió y él me dirá como bajar, claro, no podía fallar, él la eligió.

Me acerqué y lo agarré del hombro, reconozco que no medí mi fuerza, estaba desesperado, se desprendió de mi mano con un movimiento mostrando su molestia, estaba centrado en la carretera.

Escruté su rostro, parecía más serio que el resto, eso me tranquilizó.

-Disculpe, ¿me podría indicar como bajarme por favor?

Me miró de reojo, ni se molestó.

-No sé como se hace eso.

La presión aumentó.

-Pero, pero, pero usted sabe la ruta, la eligió, usted decide quién...

-Calla muchacho, no me molestes más, a mí sólo me pagan por conducir por esta ruta, yo no decido nada.

"El conductor no decide la ruta"...

Supongo que cuando caes en la cuenta de que ni si quiera el conductor sabe por qué conduce por la ruta la idea de reventar a golpes la ventana pasa de ridícula a liberadora.






Gente Corriente.

No es el deber lo que debe de moverte.

De modo que la obligación la dejaremos en la esquina, en esa sucia esquina en la que se acurruca la miseria que con histeria abrazas cuando en tu búsqueda solo encuentras desconsuelo.

Esta es una carta que, en segunda persona, ataca al ego, una carta que sirve como entrenamiento, en el conocimiento de uno mismo, que ya sé que acojona mirar al abismo de uno, pero recordemos que el problema no estriba en que mirar al propio abismo nos induzca a estar jodidos.

El problema estriba en que si tenemos un abismo dentro, de esos que dan vértigo, significa que nos hemos llenado de vacío.

Necesitamos seguir escribiendo, seguir pensando y sintiendo, esquivando las directrices en nuestro tiempo libre, apostar por una libertad consciente y no casual, que sea consecuente con la carga impuesta y que atenta contra uno mismo cuando, por falta de pensamiento, deja de ser libre. Esa es la clase de libertad que hemos de buscar.

Esto es una carta que opta a remover el óxido de mis palabras que resuenan viejas de no moverse, que perdieron el hilo y no tienen argumento al que atenerse, que ya no saben contar glorias y penas de historias en cadena a punto de romperse.

No vuelvan a preguntarme si estoy bien, los imbéciles siempre están bien y sonríen orgullosos de lo hecho.

Pregúntenme si soy consciente, y si siendo consciente, estoy satisfecho.

Este es un texto, uno cualquiera, uno disperso de esos que a penas dicen nada, de brillo opaco y de excelencia ausente.

Un texto que busca la garantía del dueño de dejar de ser gente corriente.



"Al fin y al cabo tú eres el autor de La Preciosidad".